lunes, 18 de febrero de 2013

Passiflora / Lección de vida

Passiflora caerulea / mburucuyá 

Deseo no olvidar el resto del año la maravillosa lección que me dió el mburucuyá de mi patio este verano:


De un pequeñísimo brote trasplantado del borde de una vía porteña, el mburucuyá (o pasionaria azul) se adaptó a mi patio, a mi casa, a Moreira el gato, al aire apresado entre paredes, a mi amor por él. 
Creció trepándose por paredes humanas, siguiendo una guía que yo, como un Dios simple, tensé para él con un hilo antiguo. 
Su tallo se fortaleció, hermanado con el higuerón, junto a la flor de sangre, gozando del sol, la lluvia, las regaderas, el viento, el tiempo con sus peligros, con sus regalos, que la nutrieron hasta alcanzar la altura que la guía le ofrecía. Se sirvió de ella, pero no sin desbordarla, superar sus límites, viva de deseos de expandirse con la fuerza de sus zarcillos que tendió como látigos para aferrarse y seguir creciendo, enredada y rústica, hermosa. 
Sucedió un día, que de sus ramas ya fuertes y delgadas, entre sus delicadas hojas, nació un capullo, perfecto, pequeño, cerrado. Con el amor del sol el capullo creció, y con otro abrazo se abrió por fin, mostrando, orgullosa, una enorme y compleja flor violeta. Fruto de su romance con la brillante luz nació entonces la irresistible flor de la Pasionaria. Comprendí al instante las razones que dieron su nombre, su simbología cercana a la Pasión, la de Cristo, la de Dios, la del Hombre.
Muy pronto las coloreadas mariposas, atraídas como espejo, llegaron por entre los edificios a disfrutar de su hermosura. Y posándose sobre sus hojas, recibidas por las palmadas hojas del mburucuyá como manos abiertas, las mariposas hembras dejaron sus ofrendas junto a los tallos: diminutos huevos, cilíndricos, perfectos. 

El pequeño huevo comenzó a crecer hasta transformarse en una pequeña oruga, valiéndose del alimento que le ofrecía su padre mburucuyá, tan distinto a él, tan generoso que así pierde su propio cuerpo en pos de un desarrollo ajeno, incluso poniendo en riesgo su vida si es muy joven, para regalársela a un hijo que no le pertenece. Bravo obrero mburucuyá, justísimo. (Vería luego qué noble interés escondía el hermoso mburucuyá que así agradece a sus huéspedes.)
En mi patio, las larvas crecieron bajo el sol de la ciudad, sacaron de sus cuerpos como de gusano pelos como espinas para defenderse, se alimentaron con hambre y prisa, lucharon por vivir, con una extraña fuerza, misteriosa, idéntica a la que nos asiste a nosotros los tristes humanos, para no caer de la planta. De los muchos huevos que depositaron las mariposas sobre las generosas hojas del hermoso mburucuyá, no todos lograron el fin último: el viento, una maceta con agua, Moreira el gato, una telaraña, impidieron a algunas llegar a la adultez.
Otras, en cambio, las más esforzadas o simplemente las más afortunadas -quien sabe si destino o azar-, luego de cambiar varias veces su piel, renaciendo desde el interior una y otra vez, transformando su propio cuerpo en crisálida y refugio, vieron por fin nacer sus alas. Ellas, transformadas y adultas, hijas de sus propios tejidos -y esto es muy hermoso- descansan un último momento dentro de sus capullos y se retiran hacia dentro, ocultas. Cuando vuelvan a renacer y salgan de la crisálida suspendida en el viento, apenas sostenida por la generosa hoja del mburucuyá, será para ostentar sus bellos colores, desplegar sus hermosas alas y partir por fin como hermosa mariposa, alejándose sanamente de su padre -su madre ya lejana-, emigrando, colonizando nuevos hábitat, en busca de sus propias dichas y desgracias. 
Solas, ahora si, con las alas del tiempo.
Sin embargo, esa vida de anhelada libertad a la que dedicaron todas sus energías, no durará más tiempo que lo que ha durado su proceso de crecimiento. Pero de esto no puedo hablar ("habla de lo que sabes, habla del silencio"), porque esto no me lo ha enseñado mi hermoso mburucuyá. Las mariposas ya aladas y adultas vuelan alejándose sobre las medianeras y, aunque volviera a reencontrarlas tras las rejas, sobre los adoquines, junto a las vías, no podría reconocerlas ni seguir sus pasos para averiguar dónde y cuándo las encuentra la muerte. 
No es sobre la muerte que me ha enseñado mi planta esta vez -tan humana soy que la llamo mía-, sino sobre la vida.
Curiosamente, jamás, aún, he podido atrapar aquel instante en el que la mariposa sale de su crisálida, despliega por vez primera sus alas y alza el vuelo. 
Las mariposas criadas en mi patio de baldosas bajo las cuales reza la tierra, se escapan a mi vista humana una vez adultas y, al amanecer, sólo alcanzo a ver el capullo ya seco, la huella del esfuerzo de la vida que va en busca de más vida. 

2 comentarios:

  1. Curiosamente, yo tampoco he visto ese instante mágico e irreversible en que las mariposas, transformadas ya como tales, parten a embellecer el mundo y prolongar la vida. Sin embargo a mí la vida me ha regalado el deleite de poder observarlas cuando retornan y con su vuelo en arabescos hacen sonreir el aire, magicamente, en derredor de su mburucuyá.
    Siendo tan humanas, ellas, que la llaman Suya…
    Y si hablar de lo que sé es lo que me esta permitido, me embarga la voz y me ahoga el grito sintiendo que sólo yo conozco esa luz que le encienden y con que la pasionaria las aureola cuando la visitan...
    Cuánto de necesidad hay en el coraje de escribir…, quizás, casi tanta cómo audacia indispensable para vivir… o, por qué no decirlo tanto como necesario es confesar que estamos vivos solamente cuando no nos permitimos mentirnos.
    Paráfrasis al margen, tus mariposas, tu mburucuyá, tu Moreira, tu patio de baldosas, el trascender la ciudad quebrando el limite de las medianeras… todas esas emociones hechas texto me urgen a apropiarme de tus palabras, quiero robártelas, necesito hacerme de tu relato, es que esa historia tan hermosamente simple, cómo profunda, y tan tuya como testigo del transcurrir eterno y simple de la vida, es a la par el relato de la vida de las tres mariposas(*) que vi crecer en derredor de la mas Hermosa y humana Pasionaria(**)…

    (*)Rocío, Jazmín, SOL
    (**) CHARO

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  2. Gracias, muy hermosas palabras. Que viva el coraje.
    Un gran abrazo.

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