Soy una dama antigua que se pierde en el hoy
una anciana, en plena vida desdentada
una niña apenas, al final del arcoiris,
a punto de comenzar, otra vez.
Recojo monedas de oro
de las oscuras montañas,
reconozco que ese es mi valor.
No las monedas.
Me enaltezco en el lodo
y es a la luz que brillo.
Al final del túnel aparezco,
ensombrecida y cálida es que soy.
Yo,
la verdadera,
plena de luz y sombra
envuelta en llamas.
Tanto quiero ser querida
que por mi misma soy olvidada.
La vocación que el Dios me dio
-a él gracias-
oficia de antídoto sagrado,
contra el dolor del mundo en mí,
todo el dolor del mundo.
Mi voz porta la fuerza del inframundo,
y tintinea celeste en las campanas.
Una voz de mundos, caudalosa,
tanto es su caudal,
que a esa fuerza le temo.
Produzco hiatus en mis cuerdas
y amedrento mis pasiones,
un tiempo.
Hasta que ellas me despiertan,
abren mis negras alas,
y a las blancas cimas me devuelven.
Voy y vuelvo,
emblanquecida.
Me enorgullezco de mi papel porque
sé que soy un a través.
Envuelta en llamas.
De oro.
martes, 18 de julio de 2017
viernes, 2 de junio de 2017
La orilla
Mi madre, una vez más, está muriendo.
lentamente,
sin más,
es que la observo irse.
Cada día, se aleja un paso más,
camina descalza por esa larga orilla
mirando ya apenas, de reojo,
hacia este lado de los mundos.
Sus ojos casi allá,
sonríen con toda su alma
cuando reconoce el amor de hija,
el amor de madre.
Atravesar ese mar,
el mar que ella atraviesa,
me constituye por completo.
Aprendo el más grande dolor,
asisto al más complejo espectáculo:
el de la muerte.
Y es poco a poco que muere,
tan lentamente
que cada paso prepara el próximo,
y nunca olvidamos cuál será el paso final.
Un escurrirse del cuerpo
y abrazar la nada y el todo,
traspasar la orilla
y renacer,
en todas las cosas.
Una verdad implacable,
la muerte,
que se presenta lenta y suave
para dejarse ver,
para enseñar a su paso.
Aprender de lo más atroz,
observar de tan cerca a quién se aleja
a quién se escurre y aleja.
lentamente,
sin más,
es que la observo irse.
Cada día, se aleja un paso más,
camina descalza por esa larga orilla
mirando ya apenas, de reojo,
hacia este lado de los mundos.
Sus ojos casi allá,
sonríen con toda su alma
cuando reconoce el amor de hija,
el amor de madre.
Atravesar ese mar,
el mar que ella atraviesa,
me constituye por completo.
Aprendo el más grande dolor,
asisto al más complejo espectáculo:
el de la muerte.
Y es poco a poco que muere,
tan lentamente
que cada paso prepara el próximo,
y nunca olvidamos cuál será el paso final.
Un escurrirse del cuerpo
y abrazar la nada y el todo,
traspasar la orilla
y renacer,
en todas las cosas.
Una verdad implacable,
la muerte,
que se presenta lenta y suave
para dejarse ver,
para enseñar a su paso.
Aprender de lo más atroz,
observar de tan cerca a quién se aleja
a quién se escurre y aleja.
martes, 28 de marzo de 2017
Tierra al son
El día brusco y opuesto
coloca suaves palabras en mis sienes
acuna dulcemente, agrios pensamientos.
El mediodía grotesco me cubre de palabras
susurradas suavemente
como amenazas silenciadas.
En las calles saturan los contrastes,
la visión se encandila con la ausencia en el recuerdo,
del barro brotan las semillas que en la sombra florecen.
Hoy, nacen nuevas las promesas.
Flor de loto
este día de marzo,
de cielo sin luna
y yo, pequeño sol, de a ratos
ocupo el cielo íntegro
de luz
y bajo.
Soy y no soy
aquella estrella en el cielo,
La blanca estrella que ilumina.
Soy también el fuego
por debajo
el pájaro,
muerto ya,
resurrecto.
La tarde cae y pierde el brillo
La flor de noche, perfumada.
Por la tarde muero
y es por la noche que renazco.
Me elevo viva,
estrella roja.
Desde el cielo florezco entera,
y en fuego y bruma desciendo,
cubierta en ruinas de eterno polvo
mezclada en humo,
vuelvo al cuerpo.
vuelvo al cuerpo.
Voy y vengo
del bello cielo
al hondo fuego.
Soy alta y baja
como la tierra soy
como la tierra soy
en mi ella vive,
respiro al son.
De sus frágiles hilos
pendo
pendo
del gris universo,
ovalado y negro.
A oscuras me guían,
con propia luz.
con propia luz.
Resbalo y caigo
y siempre me levanto.
Floto como ave etérea,
de pico abierto y filoso.
Hiero y soy herida.
Muero en manos de otro
y en las mías heridas revivo.
Viva voy
y muerta vuelvo
Pero jamás me detengo
Jamás me pierdo
pues cuando me pierdo es cuando me encuentro.
Pendo de un hilo
tan fuerte y quemante como el sol
tan frágil como el incontable tiempo
el memorable sol,
incontable.
Del sol
al cielo,
de la tierra
al fuego.
Pájara muerta
soy,
pájara herida revivo.
pájara herida revivo.
En manos de otro,
muero,
por otros viva, vuelvo.
Me elevo
y soy.
La Tierra, al son.
martes, 14 de marzo de 2017
La mágica materia del conjunto
Mirar el cielo como en todo paisaje
sentada en rocas o sillones
entre edificios como entre cerros
con o sin vidrios entre medio.
Oir el ruido del agua como un milagro
humanamente organizada
o en ríos o tubos
entre caños o cañadas,
cayendo mágica,
eterna y líquida.
Alcanzar la paz en el ocaso
que obtura
y cierra
entre azules dorados,
rojos grises
y anaranjados.
Sentir por dentro
y ver por fuera
lo que siempre muta
y siempre se repite.
Atardecer cada día,
de una manera distinta.
Cantar por dentro mi canto simple,
mi sabio rezo.
Ser
y estar hecha
de la mágica materia del conjunto.
sentada en rocas o sillones
entre edificios como entre cerros
con o sin vidrios entre medio.
Oir el ruido del agua como un milagro
humanamente organizada
o en ríos o tubos
entre caños o cañadas,
cayendo mágica,
eterna y líquida.
Alcanzar la paz en el ocaso
que obtura
y cierra
entre azules dorados,
rojos grises
y anaranjados.
Sentir por dentro
y ver por fuera
lo que siempre muta
y siempre se repite.
Atardecer cada día,
de una manera distinta.
Cantar por dentro mi canto simple,
mi sabio rezo.
Ser
y estar hecha
de la mágica materia del conjunto.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Ver morir y descansar
La torcaza una vez más me recibe
esta vez moribunda
herida o enferma,
¿o es que es joven?
Su andar torcido
es el que hace que la vea
sobre la tierra negra
en el cantero
junto al níspero viejo
y sus hojas podadas.
Paloma torcaz es joven, pichona grande
pero pichona camina
camina y gira
da un paso y gira.
Da vueltas sobre si misma
pisoteando su propia cabeza,
algo nunca visto
camina y a si misma se pisa
un giro completo, y otro.
Se cansa
o eso, humana, interpreto.
Entonces descansa,
se echa calma sobre la tierra
y yo me echo sobre el asfalto, humana, observo.
Siento el impulso de salvarla
de tomarla entre mis manos y llevarla a mi morada
para amarla y curarla.
Echada sobre el asfalto me juzgo
y con mi voz humana me digo sensata
que no es mi tarea
que quizás ni siquiera está herida
que quizás sólo esté aprendiendo
a caminar, volar.
Recuerdo los giros sobre si misma
y entonces vuelven las dudas
y otra vez deseo llevármela, mía
en mis manos protegida hacerla mía,
en mi casa en cemento,
mi terraza jardin.
La voz humana de nuevo
me dice que no
que no es mi tarea me dice sensata
que si va a morir
morirá de todas formas
en terraza jardín o negro cantero.
Sigo observándola
y la paloma se ha dormido.
Pienso en la muerte
y veo que su pájaro cuerpo respira.
Las grises plumas se alzan
paloma y yo juntas,
en un alto en el camino,
tratando de entender,
juntas.
Pienso que quizás la torcaza se ha cansado
de andar en giros
de intentarlo
y que por fin se echó suavemente a dormir
sobre esa sabia frase que en ella no es razón
sino instinto que reza que si el problema no tiene solución
por qué preocuparse y si tiene lo mismo.
Empieza a atardecer
y me digo que ella está bien
que vivir o morir
es su destino descansar.
Ella está en su vida,
la que le toca,
que implica muerte
y final, como la mía.
Me despido sin saludar
como quien se aleja de algo ajeno que lo implica y lo excede.
Como una observadora omnisciente
solo miro sus ojos que se abren y se cierran,
y su plumaje pulsando,
llenándose y vaciándose.
Camino a paso lento y no vuelvo a girar.
Subo a mi morada
y al llegar el Hombre se lo cuento,
digo: Vi una paloma al llegar.
El hombre dice: ¿Una paloma muerta?
Y entonces lo sé.
Pero pregunto, con temor, ¿muerta?
No no, no sé, contesta el Hombre.
Pero entonces yo sé.
Al bajar a la calle muerta la encuentro
y lo confirmo, sobre la tierra.
Cumple su destino paloma,
y yo, humana, también, paloma.
La lección esta vez pienso
es comprender,
ver morir
y descansar.
esta vez moribunda
herida o enferma,
¿o es que es joven?
Su andar torcido
es el que hace que la vea
sobre la tierra negra
en el cantero
junto al níspero viejo
y sus hojas podadas.
Paloma torcaz es joven, pichona grande
pero pichona camina
camina y gira
da un paso y gira.
Da vueltas sobre si misma
pisoteando su propia cabeza,
algo nunca visto
camina y a si misma se pisa
un giro completo, y otro.
Se cansa
o eso, humana, interpreto.
Entonces descansa,
se echa calma sobre la tierra
y yo me echo sobre el asfalto, humana, observo.
Siento el impulso de salvarla
de tomarla entre mis manos y llevarla a mi morada
para amarla y curarla.
Echada sobre el asfalto me juzgo
y con mi voz humana me digo sensata
que no es mi tarea
que quizás ni siquiera está herida
que quizás sólo esté aprendiendo
a caminar, volar.
Recuerdo los giros sobre si misma
y entonces vuelven las dudas
y otra vez deseo llevármela, mía
en mis manos protegida hacerla mía,
en mi casa en cemento,
mi terraza jardin.
La voz humana de nuevo
me dice que no
que no es mi tarea me dice sensata
que si va a morir
morirá de todas formas
en terraza jardín o negro cantero.
Sigo observándola
y la paloma se ha dormido.
Pienso en la muerte
y veo que su pájaro cuerpo respira.
Las grises plumas se alzan
paloma y yo juntas,
en un alto en el camino,
tratando de entender,
juntas.
Pienso que quizás la torcaza se ha cansado
de andar en giros
de intentarlo
y que por fin se echó suavemente a dormir
sobre esa sabia frase que en ella no es razón
sino instinto que reza que si el problema no tiene solución
por qué preocuparse y si tiene lo mismo.
Empieza a atardecer
y me digo que ella está bien
que vivir o morir
es su destino descansar.
Ella está en su vida,
la que le toca,
que implica muerte
y final, como la mía.
Me despido sin saludar
como quien se aleja de algo ajeno que lo implica y lo excede.
Como una observadora omnisciente
solo miro sus ojos que se abren y se cierran,
y su plumaje pulsando,
llenándose y vaciándose.
Camino a paso lento y no vuelvo a girar.
Subo a mi morada
y al llegar el Hombre se lo cuento,
digo: Vi una paloma al llegar.
El hombre dice: ¿Una paloma muerta?
Y entonces lo sé.
Pero pregunto, con temor, ¿muerta?
No no, no sé, contesta el Hombre.
Pero entonces yo sé.
Al bajar a la calle muerta la encuentro
y lo confirmo, sobre la tierra.
Cumple su destino paloma,
y yo, humana, también, paloma.
La lección esta vez pienso
es comprender,
ver morir
y descansar.
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