jueves, 28 de febrero de 2013

Hamlet IV / Vanidad

No me confundan. Tengo un poder que no es del todo mío, y no es sólo vanidad. Aunque reconozco el pecado, soy más que eso. Y digo más; digo que no quisiera serlo, y lo soy.

He prestado siempre  al drama mi hermosura, para su provecho, para mi vanidad, pero sé que la clave de aquel extraño trueque no es mi belleza, es mi humana condición. Es la fuerza del reflejo sobre mi superficie lo que admiran, lo que vienen a admirar es su propia humanidad.

Hamlet III / Amleto

He visto en el Piccolo Teatro de Milán una versión de Hamlet llamada Amleto -sin comentarios, así son los que todo lo hacen suyo-, en la que cada actor representaba varios personajes alternativamente, habiendo así varios rostros para cada rol.
Y he pensado -desde la comodidad de la butaca he pensado, sobre aquel placentero trono, confundida entre la multitud de la audiencia y la plena oscuridad-: ¡mi Dios, qué despropósito! 
¡No es posible ver a Ofelia entre tantas! ¡Quiero detestar a Polonio con claridad, no pensar quién lo representa cada vez! ¡Necesito ser una con Hamlet! ¡Necesito para ello que Hamlet sea uno!
Ni pensar desde la incomodidad de la escena, la carne de aquellos actores en tal reto. ¿Cómo comprometerse con la inocencia de Ofelia para a los quince minutos vestir los sucios trajes de Gertrudis?
Aún así, y en cualquier caso, cada vez que veo Hamlet soy feliz, humanamente feliz.

Hamlet II / To be or not to be

Este punto es absolutamente vital para la representación del drama.
Simple y vital, importante. Lo diré simplemente:
Si el actor que interpreta el rol de Hamlet no alcanza a comprender la enorme profundidad de este famoso parlamento; si no logra hacer suya cada palabra y cada reflexión propia, y sólo comprende el peso del sinnúmero de representaciones que ha sufrido; entonces, será mejor que no lo represente. Es tan absurdo y dañino oír esas palabras vaciadas y opacamente transmitidas como oír a un Hamlet declamado aconsejando a los cómicos la justa medida de la interpretación. Si es así, entonces, será mejor que elijan otra obra. U otro actor. Será mejor incluso saltear el fragmento, omitir el soliloquio y que falte por silencio, que por ausencia se pierda. Pero no obliguen al público a desoír tan hondas palabras aún oyéndolas. No le quiten semejante oportunidad de resonancia y reflexión, de mágica transmisión. No le roben ese espejo.
Queridos actores, vanidosos intérpretes, sepan disculpar la soberbia que sólo el dolor otorga y oíd: si no sufren como él, en suma, si no han sufrido; si no han sentido, al menos una vez, el deseo de morir y la cobardía que los mantiene vivos o, conociéndola, no están dispuestos a mostrarlo frente a la audiencia, sin tapujos, puramente débiles, atormentados y finitos; pues entonces, sencillamente, no actúen; de Hamlet, de nadie. Dedíquense a los números, al dinero, a los lujos; búsquense cualquier capricho, pero no representen la obra del autor que indaga el alma humana y sus pecados secretos por excelencia sin conocer la desdicha. Sin ella tampoco a la dicha harán brillar. Si es así, entonces, mejor, váyanse a un convento.

Hamlet I / Sobre la representación de la locura


No podré comprender jamás por qué en la inmensa mayoría de las representaciones de Hamlet exageran a tal punto la locura de Ofelia, transformándola en lejana y ajena, medida y reiterada en su idéntica representación, estereotipada y vacía.  Me pregunto si lo que los lleva a representarla de tal modo, tan falso, tan vago, sea no conocerla. Me pregunto si es posible que no hayan experimentado en carne propia, al menos un instante, la locura. O si es que de veras no han sido testigos, al menos, de una loca experiencia de un modo ajeno, es decir, de un otro, un instante siquiera. Me pregunto si esto posible. No ver, no comprender, que no hay nada que exagerar, que no es eso la locura, que está en todos, de manera notable y constante. Tan ciegos son, ¿de veras? ¿A tal punto niegan su locura que así la representan, caricaturizada y débil? ¿Es que tanto le temen?
Coraje, colegas, sinceridad. Que no hay arte posible sin uno ni lo otro.


miércoles, 27 de febrero de 2013

Mariposa II / El miedo


La mariposa nació, volvió a nacer
-toda la especie en una, en una todas-.
Nació, dudó, permaneció un instante, 
se lanzó.
Pero, algo sucedió, 
algo inesperado y hostil,
que marcó su rumbo de una manera distinta:
a la manera del miedo.

Esto fue lo que pasó:
La mariposa -toda la especie en una, en una todas-
se lanzó con el coraje
de la palma al vacío.
Pero, algo sucedió, 
inesperado y hostil,
la manera del miedo:

Por destino o por azar, 
un ser feroz 
en su primer vuelo la vio
y de un sólo salto la atrapó.
Sin hambre ni propósito
nada a cambio se llevó,
por instinto, la atrapó,
por destino o por azar
esto fue lo que ocurrió:
La mariposa luchó,
batió,
luchó,
hasta que
una mano divina la ayudó,
quitó de las garras, la salvó,
dejándola entre las palmadas hojas de su padre 
mburucuyá, quien así
la protegió.
Y, quien sea que seas, no miento, 
esto fue lo que ocurrió:
la mariposa, viva, permaneció sobre la rama
-ay, desdichada- 
INMÓVIL
durante cada una de las siguientes horas de los rayos del sol.

Esta mañana ya no estaba allí.
Intuyo que, una vez más,
con el coraje de sus hermanas
-todo su cuerpo el coraje-
se lanzó a la aventura,
y abandonó la planta, 
zigzagueando
el incierto cielo.

Mariposa I / Nacimiento



Vi por fin su nacimiento,
aquel instante,
al fin.
Vi por fin la mariposa
de su capullo al aire,
nacer.
No vi sus colores, 
el revés de las alas es casi blanco, casi negro es.
Allí perduró, inmóvil
junto al capullo.
Algún misterioso signo le indicó el momento
y entonces se mostró por fin,
naranja,
incandescente,
nueva.
Dudó un instante.
Vi las alas dudar, 
las vi plegarse
desplegarse
una vez más
nuevas.
Vi por fin de qué modo,
-todo su cuerpo el coraje-
se lanzó a la aventura
y abandonó la planta con su vuelo,
abrazando el vacío.
Zigzagueando
el incierto cielo,
empequeñeciéndose 
en la luminosa lejanía.

lunes, 18 de febrero de 2013

Los vecinos


Los vecinos son jóvenes, de mirada hueca.
Él, como de vidrio.
Ella, ostenta bucles, eléctricos. 
Él vende filtros. Habla de metales. 
Ella fuma, dice chatt, abre la puerta.
Él vende filtros. Hace magia con cloro.
Ella se decolora, se perfora, 
dice chatt, cierra la puerta.
Él, habla con sospechosa solemnidad, coloca los filtros.
Un legado familiar que cumple honroso.

No es su trabajo lo que me irrita -son la inmensa mayoría los que no lo eligen-. Es su juventud. 
Él tiene veinticuatro y hace cinco que vende filtros. Su madre ya los vendía. 
Cinco años de incasable lucha contra el cloro. La revolucionaria lucha por la salud en venta. 
Él -en adelante, nuestro héroe-, enardecido por las llamas del fuego revolucionario que habita la juventud, no sólo combatirá a los metales pesados; él luchará contra toda injusticia, porque así lo dicta su candor y así será encendido, irremediable y fogosamente, por las injusticias cometidas en su tierra; la tierra del PH. 
La injusticia del PH desatará su ira, encarnará su lucha.
El viejo encargado será, sin duda, su primer enemigo humano. 
El viejo encargado es un vecino que lo triplica en edad. Un hombre de manos cansadas, de mirada enturbiada por la vida que uno adivina dura, pobre, esforzada.
El viejo encargado acarrea cuarenta años de pagar cada mes por los mismos dos ambientes. Su hija, la mujer triste, ha crecido en esos dos ambientes pagados cada mes durante cuarenta años. Sus nietos, los nietos tristes, crecen en otros dos ambientes pagados cada mes ubicados frente a su puerta.
El viejo encargado es un vecino que por pobre, por obrero, es el encargado al que la Reina Inmobiliaria demanda algunos arreglos a cambio de algunos permisos, de algunos regalos.
El joven revolucionario ES la justicia, y no permitirá los injustos trueques.
El joven revolucionario -nuestro héroe- despierta en su morada, junto a los filtros, toma del agua pura de su filtro manantial, y de pronto, ante lo que sus ojos no ven, se inquieta:
<¿Y aquella maceta cambiada de lugar?¿Quién ha decidido por mí su disposición?¿Quién ha osado obrar de Dios con mi malvón, con mis violetas?>
Nuestro héroe ha sido gravemente ofendido; pero pronto recuperará su costado. Mientras ordena sus adornos, los verdes seres vivos, nuevas injusticias lo acechan: El viejo encargado ha conversado, con toda su brutalidad, con su compañera de bucles. Ha posado sus ojos sobre los bucles de su pelo, sobre sus piernas. Le ha dicho hermosa. Aún más. Ha dicho que nuestro mismísimo héroe del cloro se veía hermoso, digno de pecado. Esto fue, por supuesto, demasiado. Un héroe no puede permitir jamás ser apreciado por su hermosura. La tarea que el héroe emprende no puede ser nunca superficial. Su mérito se halla en las profundidades, de los tanques, en los escondidos surcos de las mangueras, en la oscuridad de los caños enemigos contra los que se enfrenta valientemente día a día.
Nuestro héroe fue así gravemente ofendido, y así luchará por sus derechos.
Tocará a su puerta.
El hombre de manos cansadas lo atenderá con el sopor del alcohol, con infinitos agudos, con terribles muecas que dejarán ver su infinito cansancio.
Nuestro héroe enumerará sus demandas. No irá solo, Ella siempre lo acompañará; querrá imitarlo. Le dirá al hombre de turbia mirada que no es correcto tratar así con una muchacha; nombrará sus derechos; ella se recortará como mujer; enarbolará las gastadas banderas de sus derechos para verlas flamear una vez más en los modernos vientos del tiempo progresista; ella insistirá. 
El hombre -que lleva cuarenta años de pagar dos ambientes, padre de la hija que ha crecido en dos ambientes pagados cada mes durante cuarenta años, abuelo de los nietos que crecerán en otros dos ambientes pagados cada mes- vuelve a las agudas muecas. Es poco lo que logra transmitir a través de sus palabras a causa del alcohol y de su origen litoraleño y agudo, dolorosamente agudo. El viejo encargado se disculpa y se desdice, se disculpa y se desdice.
Nuestro héroe no se contentará con esa distraída clase de disculpas. Nuestro héroe cree en las palabras, conoce los derechos, de la Mujer, del Inquilino. Nuestro héroe reza que todos somos iguales ante la justa ley, libres de trazar nuestros caminos,  de ser amables con nuestros vecinos y de igual modo con nuestras mujeres vecinas, apreciarlas como justos pares.

Nuestro héroe ignora por completo las consecuencias del peso de la vida sobre las cabezas de los hombres, sus implacables marcas; ignora por completo las razones que llevan a un hombre a ahogarse en el alcohol, a enturbiar de tal modo su mirada, a sostener esas terribles muecas.
Nuestro héroe es joven.
No es su juventud lo que me irrita, es mi vejez.
Mi enorme vejez que me obliga a comprender, siempre, a los vencidos. 
Aún llenos de alcohol, llenos de demonios, llenos de pecados.
Ellos son mis pares. He crecido con ellos, he envejecido con ellos; con los borrachos, los pecadores; con los locos, y hasta un asesino es para mí una cara y un cuerpo.
Yo estaré siempre con los vencidos. Para comprenderlos y abrazarlos, perdonarlos.
Soy la vieja virgen de los vencidos.
La flaca heroína de los cansados. 
Soy su antigua estrella. 

Passiflora / Lección de muerte


Esta mañana al despertar miré mi hermoso mburucuyá -insisto en llamarlo hermoso, en llamarlo mío-, y algo nuevo había nacido de su bella flor y pendía de sus delgadas ramas: un pequeño fruto oval y anaranjado. Este bello fruto -nacido gracias a las mariposas que visitaron la atractiva flor- contiene en su interior numerosas semillas que -según me han dicho, pues aún no han venido-, sirven de alimento a los pájaros, y luego, éstos, al comerlos propagan su semilla. 
Comprendo. El hermoso mburucuyá nutría y cuidaba a sus orugas porque sabía -qué otra cosa es el saber- que serían ellas mismas las encargadas de comer su fruto y así propagar a sus hermanos. 
La generosa planta escondía un noble interés, idéntico al de las mariposas: perdurar, él, en otros. 
He recibido por fin mi lección de muerte. Y, por un instante -al menos un instante-, dejé de temerle con este miedo humano y me sentí infinita, como él, aquí y allá, perdurable en otros.

Los pájaros aún no han venido. Por sus maravillosos cantos adivino su hermosura, y espero, ansiosa, la próxima lección.

B


<A todas vistas sufrida> - dijo el gran maestro.
¡Y eso que aún no ha leído estas palabras!

La vida en vacaciones


La vida en vacaciones
descubrir el tener tiempo para ir a un supermercado
comprar un ventilador
responder con lógica a las necesidades básicas
más aún, con dedicación
pensar qué comer
cocinar
hacerse un bife y pensar en la vaca
tener tiempo para pensar en la vaca.
Una novedad.
Una infinita paz mientras mastico una vaca.
Durará poco.
Pero es lindo sentir que uno también podría vivir de este modo.
Abrazar, al menos un instante, esa idea.

Obra


Mi nueva obra es sobre un escritor. 
Así, sin quererlo, sin decidirlo, por eco, por artista.
Mi nueva obra es sobre el amor irreal, sobre el amor trunco.
Así, sin pensarlo, sin sentirlo, por eco, por arista.
Mis obras siempre hablan de mis deseos y de mis desdichas antes que yo.
Ellas siempre saben más que yo misma sobre mi.
Adivinan siempre antes mis deseos, mis penurias.
¡Es que yo siempre estoy tan ocupada en mis obras!

Un gran plan


Es verano. 
He encontrado un nuevo plan: escribir.
He descubierto la escritura, 
y ahora todo es la escritura.
Es verano. No hay luz.
Moreira se agita.
Se agitan las velas.
Tengo un plan, un gran plan.
Escribir.
Tan solitaria soy que esta es mi nueva felicidad,
mi descarnada necesidad -como siempre juntas-
estar sola, por fin, y escribir.

Carrera de actriz



Ella me pregunta,
con toda su inocencia, 
-con su europea inocencia-
<¿Tu belleza te ayuda en tu carrera de actriz?>

Como si hubiera en mi una carrera.

Como si hubiera en mi algo más que este desbordante dolor 
que clama ser expresado, 
lanzado, clavado, en la mirada universal.

Como si hubiera sido yo capaz de elegir alguna vez una carrera
y no fuera lo que soy,
una botella en el mar, arrastrada por las olas,
por el silencioso mar de la vida que lo sabe todo
y calla,
mientras conduce.

La actriz contesta:
<Yo no sé de mi hermosura.>

Pequeños dilemas


¿La campanita libre?
¿Atar a la campanita?
¿La campanita libre?
El ser vivo contra el adorno.
Que gane el ser vivo, siempre. 

Passiflora / Lección de vida

Passiflora caerulea / mburucuyá 

Deseo no olvidar el resto del año la maravillosa lección que me dió el mburucuyá de mi patio este verano:


De un pequeñísimo brote trasplantado del borde de una vía porteña, el mburucuyá (o pasionaria azul) se adaptó a mi patio, a mi casa, a Moreira el gato, al aire apresado entre paredes, a mi amor por él. 
Creció trepándose por paredes humanas, siguiendo una guía que yo, como un Dios simple, tensé para él con un hilo antiguo. 
Su tallo se fortaleció, hermanado con el higuerón, junto a la flor de sangre, gozando del sol, la lluvia, las regaderas, el viento, el tiempo con sus peligros, con sus regalos, que la nutrieron hasta alcanzar la altura que la guía le ofrecía. Se sirvió de ella, pero no sin desbordarla, superar sus límites, viva de deseos de expandirse con la fuerza de sus zarcillos que tendió como látigos para aferrarse y seguir creciendo, enredada y rústica, hermosa. 
Sucedió un día, que de sus ramas ya fuertes y delgadas, entre sus delicadas hojas, nació un capullo, perfecto, pequeño, cerrado. Con el amor del sol el capullo creció, y con otro abrazo se abrió por fin, mostrando, orgullosa, una enorme y compleja flor violeta. Fruto de su romance con la brillante luz nació entonces la irresistible flor de la Pasionaria. Comprendí al instante las razones que dieron su nombre, su simbología cercana a la Pasión, la de Cristo, la de Dios, la del Hombre.
Muy pronto las coloreadas mariposas, atraídas como espejo, llegaron por entre los edificios a disfrutar de su hermosura. Y posándose sobre sus hojas, recibidas por las palmadas hojas del mburucuyá como manos abiertas, las mariposas hembras dejaron sus ofrendas junto a los tallos: diminutos huevos, cilíndricos, perfectos. 

El pequeño huevo comenzó a crecer hasta transformarse en una pequeña oruga, valiéndose del alimento que le ofrecía su padre mburucuyá, tan distinto a él, tan generoso que así pierde su propio cuerpo en pos de un desarrollo ajeno, incluso poniendo en riesgo su vida si es muy joven, para regalársela a un hijo que no le pertenece. Bravo obrero mburucuyá, justísimo. (Vería luego qué noble interés escondía el hermoso mburucuyá que así agradece a sus huéspedes.)
En mi patio, las larvas crecieron bajo el sol de la ciudad, sacaron de sus cuerpos como de gusano pelos como espinas para defenderse, se alimentaron con hambre y prisa, lucharon por vivir, con una extraña fuerza, misteriosa, idéntica a la que nos asiste a nosotros los tristes humanos, para no caer de la planta. De los muchos huevos que depositaron las mariposas sobre las generosas hojas del hermoso mburucuyá, no todos lograron el fin último: el viento, una maceta con agua, Moreira el gato, una telaraña, impidieron a algunas llegar a la adultez.
Otras, en cambio, las más esforzadas o simplemente las más afortunadas -quien sabe si destino o azar-, luego de cambiar varias veces su piel, renaciendo desde el interior una y otra vez, transformando su propio cuerpo en crisálida y refugio, vieron por fin nacer sus alas. Ellas, transformadas y adultas, hijas de sus propios tejidos -y esto es muy hermoso- descansan un último momento dentro de sus capullos y se retiran hacia dentro, ocultas. Cuando vuelvan a renacer y salgan de la crisálida suspendida en el viento, apenas sostenida por la generosa hoja del mburucuyá, será para ostentar sus bellos colores, desplegar sus hermosas alas y partir por fin como hermosa mariposa, alejándose sanamente de su padre -su madre ya lejana-, emigrando, colonizando nuevos hábitat, en busca de sus propias dichas y desgracias. 
Solas, ahora si, con las alas del tiempo.
Sin embargo, esa vida de anhelada libertad a la que dedicaron todas sus energías, no durará más tiempo que lo que ha durado su proceso de crecimiento. Pero de esto no puedo hablar ("habla de lo que sabes, habla del silencio"), porque esto no me lo ha enseñado mi hermoso mburucuyá. Las mariposas ya aladas y adultas vuelan alejándose sobre las medianeras y, aunque volviera a reencontrarlas tras las rejas, sobre los adoquines, junto a las vías, no podría reconocerlas ni seguir sus pasos para averiguar dónde y cuándo las encuentra la muerte. 
No es sobre la muerte que me ha enseñado mi planta esta vez -tan humana soy que la llamo mía-, sino sobre la vida.
Curiosamente, jamás, aún, he podido atrapar aquel instante en el que la mariposa sale de su crisálida, despliega por vez primera sus alas y alza el vuelo. 
Las mariposas criadas en mi patio de baldosas bajo las cuales reza la tierra, se escapan a mi vista humana una vez adultas y, al amanecer, sólo alcanzo a ver el capullo ya seco, la huella del esfuerzo de la vida que va en busca de más vida.