Los vecinos son jóvenes, de mirada hueca.
Ella, ostenta bucles, eléctricos.
Él vende filtros. Habla de metales.
Ella fuma, dice chatt, abre la puerta.
Él vende filtros. Hace magia con cloro.
Ella se decolora, se perfora,
dice chatt, cierra la puerta.
Él, habla con sospechosa solemnidad, coloca los filtros.
Un legado familiar que cumple honroso.
No es su trabajo lo que me irrita -son la inmensa mayoría los que no lo eligen-. Es su juventud.
Él tiene veinticuatro y hace cinco que vende filtros. Su madre ya los vendía.
Cinco años de incasable lucha contra el cloro. La revolucionaria lucha por la salud en venta.
Él -en adelante, nuestro héroe-, enardecido por las llamas del fuego revolucionario que habita la juventud, no sólo combatirá a los metales pesados; él luchará contra toda injusticia, porque así lo dicta su candor y así será encendido, irremediable y fogosamente, por las injusticias cometidas en su tierra; la tierra del PH.
La injusticia del PH desatará su ira, encarnará su lucha.
El viejo encargado será, sin duda, su primer enemigo humano.
El viejo encargado es un vecino que lo triplica en edad. Un hombre de manos cansadas, de mirada enturbiada por la vida que uno adivina dura, pobre, esforzada.
El viejo encargado acarrea cuarenta años de pagar cada mes por los mismos dos ambientes. Su hija, la mujer triste, ha crecido en esos dos ambientes pagados cada mes durante cuarenta años. Sus nietos, los nietos tristes, crecen en otros dos ambientes pagados cada mes ubicados frente a su puerta.
El viejo encargado es un vecino que por pobre, por obrero, es el encargado al que la Reina Inmobiliaria demanda algunos arreglos a cambio de algunos permisos, de algunos regalos.
El joven revolucionario ES la justicia, y no permitirá los injustos trueques.
El joven revolucionario -nuestro héroe- despierta en su morada, junto a los filtros, toma del agua pura de su filtro manantial, y de pronto, ante lo que sus ojos no ven, se inquieta:
<¿Y aquella maceta cambiada de lugar?¿Quién ha decidido por mí su disposición?¿Quién ha osado obrar de Dios con mi malvón, con mis violetas?>
Nuestro héroe ha sido gravemente ofendido; pero pronto recuperará su costado. Mientras ordena sus adornos, los verdes seres vivos, nuevas injusticias lo acechan: El viejo encargado ha conversado, con toda su brutalidad, con su compañera de bucles. Ha posado sus ojos sobre los bucles de su pelo, sobre sus piernas. Le ha dicho hermosa. Aún más. Ha dicho que nuestro mismísimo héroe del cloro se veía hermoso, digno de pecado. Esto fue, por supuesto, demasiado. Un héroe no puede permitir jamás ser apreciado por su hermosura. La tarea que el héroe emprende no puede ser nunca superficial. Su mérito se halla en las profundidades, de los tanques, en los escondidos surcos de las mangueras, en la oscuridad de los caños enemigos contra los que se enfrenta valientemente día a día.
Nuestro héroe fue así gravemente ofendido, y así luchará por sus derechos.
El hombre de manos cansadas lo atenderá con el sopor del alcohol, con infinitos agudos, con terribles muecas que dejarán ver su infinito cansancio.
Nuestro héroe enumerará sus demandas. No irá solo, Ella siempre lo acompañará; querrá imitarlo. Le dirá al hombre de turbia mirada que no es correcto tratar así con una muchacha; nombrará sus derechos; ella se recortará como mujer; enarbolará las gastadas banderas de sus derechos para verlas flamear una vez más en los modernos vientos del tiempo progresista; ella insistirá.
El hombre -que lleva cuarenta años de pagar dos ambientes, padre de la hija que ha crecido en dos ambientes pagados cada mes durante cuarenta años, abuelo de los nietos que crecerán en otros dos ambientes pagados cada mes- vuelve a las agudas muecas. Es poco lo que logra transmitir a través de sus palabras a causa del alcohol y de su origen litoraleño y agudo, dolorosamente agudo. El viejo encargado se disculpa y se desdice, se disculpa y se desdice.
Nuestro héroe no se contentará con esa distraída clase de disculpas. Nuestro héroe cree en las palabras, conoce los derechos, de la Mujer, del Inquilino. Nuestro héroe reza que todos somos iguales ante la justa ley, libres de trazar nuestros caminos, de ser amables con nuestros vecinos y de igual modo con nuestras mujeres vecinas, apreciarlas como justos pares.
Nuestro héroe ignora por completo las consecuencias del peso de la vida sobre las cabezas de los hombres, sus implacables marcas; ignora por completo las razones que llevan a un hombre a ahogarse en el alcohol, a enturbiar de tal modo su mirada, a sostener esas terribles muecas.
No es su juventud lo que me irrita, es mi vejez.
Mi enorme vejez que me obliga a comprender, siempre, a los vencidos.
Aún llenos de alcohol, llenos de demonios, llenos de pecados.
Ellos son mis pares. He crecido con ellos, he envejecido con ellos; con los borrachos, los pecadores; con los locos, y hasta un asesino es para mí una cara y un cuerpo.
Yo estaré siempre con los vencidos. Para comprenderlos y abrazarlos, perdonarlos.
Soy la vieja virgen de los vencidos.
La flaca heroína de los cansados.