No me confundan. Tengo un poder que no es del todo mío, y no es sólo vanidad. Aunque reconozco el pecado, soy más que eso. Y digo más; digo que no quisiera serlo, y lo soy.
He prestado siempre al drama mi hermosura, para su provecho, para mi vanidad, pero sé que la clave de aquel extraño trueque no es mi belleza, es mi humana condición. Es la fuerza del reflejo sobre mi superficie lo que admiran, lo que vienen a admirar es su propia humanidad.
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