Esta mañana al despertar miré mi hermoso mburucuyá -insisto en llamarlo hermoso, en llamarlo mío-, y algo nuevo había nacido de su bella flor y pendía de sus delgadas ramas: un pequeño fruto oval y anaranjado. Este bello fruto -nacido gracias a las mariposas que visitaron la atractiva flor- contiene en su interior numerosas semillas que -según me han dicho, pues aún no han venido-, sirven de alimento a los pájaros, y luego, éstos, al comerlos propagan su semilla.
Comprendo. El hermoso mburucuyá nutría y cuidaba a sus orugas porque sabía -qué otra cosa es el saber- que serían ellas mismas las encargadas de comer su fruto y así propagar a sus hermanos.
La generosa planta escondía un noble interés, idéntico al de las mariposas: perdurar, él, en otros.
He recibido por fin mi lección de muerte. Y, por un instante -al menos un instante-, dejé de temerle con este miedo humano y me sentí infinita, como él, aquí y allá, perdurable en otros.
Los pájaros aún no han venido. Por sus maravillosos cantos adivino su hermosura, y espero, ansiosa, la próxima lección.
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