Soy una dama antigua que se pierde en el hoy
una anciana, en plena vida desdentada
una niña apenas, al final del arcoiris,
a punto de comenzar, otra vez.
Recojo monedas de oro
de las oscuras montañas,
reconozco que ese es mi valor.
No las monedas.
Me enaltezco en el lodo
y es a la luz que brillo.
Al final del túnel aparezco,
ensombrecida y cálida es que soy.
Yo,
la verdadera,
plena de luz y sombra
envuelta en llamas.
Tanto quiero ser querida
que por mi misma soy olvidada.
La vocación que el Dios me dio
-a él gracias-
oficia de antídoto sagrado,
contra el dolor del mundo en mí,
todo el dolor del mundo.
Mi voz porta la fuerza del inframundo,
y tintinea celeste en las campanas.
Una voz de mundos, caudalosa,
tanto es su caudal,
que a esa fuerza le temo.
Produzco hiatus en mis cuerdas
y amedrento mis pasiones,
un tiempo.
Hasta que ellas me despiertan,
abren mis negras alas,
y a las blancas cimas me devuelven.
Voy y vuelvo,
emblanquecida.
Me enorgullezco de mi papel porque
sé que soy un a través.
Envuelta en llamas.
De oro.