martes, 18 de julio de 2017

De oro

Soy una dama antigua que se pierde en el hoy
una anciana, en plena vida desdentada
una niña apenas, al final del arcoiris,
a punto de comenzar, otra vez.

Recojo monedas de oro
de las oscuras montañas,
reconozco que ese es mi valor.
No las monedas.

Me enaltezco en el lodo
y es a la luz que brillo.
Al final del túnel aparezco,
ensombrecida y cálida es que soy.

Yo,
la verdadera,
plena de luz y sombra
envuelta en llamas.

Tanto quiero ser querida
que por mi misma soy olvidada.

La vocación que el Dios me dio
-a él gracias-
oficia de antídoto sagrado,
contra el dolor del mundo en mí,

todo el dolor del mundo.

Mi voz porta la fuerza del inframundo,
y tintinea celeste en las campanas.
Una voz de mundos, caudalosa,
tanto es su caudal,
que a esa fuerza le temo.

Produzco hiatus en mis cuerdas
y amedrento mis pasiones,
un tiempo.

Hasta que ellas me despiertan,
abren mis negras alas,
y a las blancas cimas me devuelven.

Voy y vuelvo,
emblanquecida.

Me enorgullezco de mi papel porque
sé que soy un a través.

Envuelta en llamas.

De oro.