lunes, 4 de enero de 2021

Vuelve la madre a la Mar


Trazo una línea en el aire

que divide la que soy de la que fui.

Yo, la doliente

Yo, hija

Yo niña, yo vieja.

La línea difusa por fin se disipa

Voy y vuelvo

y comprendo:

éste es el regreso

ésta es, por fin,

La gran oda final


Mi madre se adelgaza como una esponja

No húmeda

No seca

Más bien algo muerto bajo el mar

Hundido

Un barco encallado hace tiempo

Encallado en lo oscuro

Opacadas todas sus funciones 


Treinta días de lento fin

Y sigue contando

con boca cerrada

no entran peces

rodean toda la habitación

de verde mar


Madre mía que me diste la vida

hoy es que te rodea la muerte

Camino en círculos para volver al inicio,

el origen,

y espero el fin para renacer con vos

una vez más


Ser sabia de misterio

de desconcierto

haber aprendido a esperar la muerte

con soltura

con luto

con amor


Acunar tus huesos ya sin lágrimas

ahuecar el colchón apenas

pues liviana

ya sin sueño 

sino envuelta en 

el gran sueño que te rodea

está cerca

te abraza la muerte

despacio

te mece en sus brazos de tiempo y espuma

te lleva dulcemente de orilla a orilla

te cruza el mundo en andas, mamá

Tan suave es 

Tu misterioso final


Tu muerte, ¿esperará este poema?

¿Qué misterio te mantiene viva?

A gotas de agua apenas

Bebés las últimas horas

De tiempo

Del gran tiempo


No hay a dónde escapar

Solo caminar en círculos

Y a cada vuelta más liviana

Perdonar

Amar

Andar

Soltar amarras en cualquier lugar

Dar las gracias:

La fracción que se fue no volverá


Espero este enero

Sin cesar la espera

Acuno tu cuerpo en el recuerdo

Abrazo tu alma en el misterio

Sobre el aire

Dibujo una canción que te guíe

Que te lleve a tu estrella

Madre del cielo que me trajo al mundo

Se viene tu noche

Y yo callo y espero, me detengo

El pie en alto para pegar el salto

El ramo listo y preparado

Un velo imaginario y blanco

Porque tu luz es blanca

Y blanca luz la que te lleva


Pañuelos de papel para la peste que acecha

Y tu mirada abierta en la inmensidad

Vuelta hacia adentro

En el silencio

Inimaginable

Esta espera lenta

Esta larga espera


Treinta días de entregarte 

De devolverte a la orilla

al mar del todo

mirar tu barco irse

tan lejos

tan cerca


Ver en la imagen a su vez la llegada

el imaginado parto

la inimaginable partida

tan lenta

tan larga


Tan profundo es el secreto

La palabra no es perder


Dejo abajo y no atrás, el antiguo miedo

Hago un recodo

Y aparece una represa en el camino

Agua estancada y corriente a la vez

Mohosa y fresca

Oscura y cálida:

La gran muerte,

El gran descanso


Abran paso allá abajo

En medio del todo

Por la franja que hace tantos años abrió en el vacío 

Abran paso allí, pues ya vuelve

Ya vuelve la madre

Vuelve la madre a la Mar.

martes, 12 de febrero de 2019

El resplandor

Amo el tiempo.
Y, ¿qué estoy diciendo?
El transcurso del tiempo. 
La espera. Los frutos.
Los ciclos me enamoran,
me enloquecen.

Quiero sembrar semillas para verlas crecer.
Y lo hago.
Escarbo la tierra con mis manos 
y llevo el pensamiento a la acción en mi ventana.
Las planto una a una en mis canteros 
para que ellas me enseñen eso que la vida hace con todos nosotros.
Y viene la muerte. Siempre. Cada vez que se nace.
No es posible ver nacer sin pensarlo.
El máximo resplandor y luego el ocaso.
Va, y viene.
Y siempre se está yendo.
¿Cómo confiar en el tiempo?
Tomando del agua del sol
Bebiendo a sorbos.

Un alguacil desayuna un aloe por minutos
Minutos de tiempo
Y, ¿qué se yo de alguaciles?
Todo. Sé todo del mundo.
Y olvido.

Las tres.
Eso no es el tiempo.
El tiempo es otra cosa.
Me enamora,
me enloquece.

Sentarme a esperar
plenamente
de par en par.


El resplandor.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Por cada flor siete capullos

Parece que me demoro.
Parece que hace meses días horas,
varias medidas del tiempo,
que me demoro.

Llegué tarde a la casa de mi cuerpo
y a la vez aún estoy a tiempo.

Otra vez me desperté 
hundida en el barro
haciendo pie
sobre el pantano.

Una vez más
parece
 parí un dolor
perdí una vida
 amanecí muerta.

A un día muerta,
al otro viva.

Pájara que soy, ceniza,
ennegrecida me levanto
y esta vez es en flor.

Por cada flor caída,
siete capullos.

Por cada muerte trazada,
siete puertas que se abren.

El brillo áureo otra vez,
nacido del barro de los días.
La más recóndita oscuridad
fecunda la luz de mi alma.

Esa luz 
no es otra cosa
que la Verdad.

La palabra Dios,
decían ayer,
que no se diga.

Clavé garras 
y surqué silencio,
para que se oiga con todo derecho,
viaje en los tiempos:

la palabra Dios no puede estar prohibida.

El lenguaje parcial y limitado
abre puentes
poderosos
y antiguos.

Dios merece ser nombrado.
La palabra nos hace falta,
nos ruega en la boca.

La palabra y la verdad
hilvanadas 
crean el mundo 
de nuevo,
bajo llamas.

Una y otra vez,

un big bang
de fuerzas
tan misteriosas
como la ausencia del Dios y su presencia.

A un día muerto,
al otro vivo.

Del bendecido misterio
estoy embebida,
lo tomo en copa rota,
a grandes sorbos,
con la boca roja 
de delicioso vino.

Llega la verdad
y le abro la puerta
a la luz del sol que me traspasa.

Siempre soy
el a través.

La pequeña en el todo.
El gran Dios
que nace
sólo porque antes ha muerto.

Desando el camino
ensangrentada y fuerte, emblanquecida.

Abro ventanas por dentro con un gran filo,
entonces salgo:

por cada flor

siete capullos.

jueves, 22 de marzo de 2018

Una vez más, lección de muerte

Una vez más las orugas
esos pequeños proyectos, gusanados
me enseñan.

Las lecciones no siempre
resultan alegres
pues,
no todo es fácil de ver
aunque de ello se desprenda un saber.

He aquí el suceso:
manipulé a las orugas con pequeños palos
como siempre, y con paciencia
pero puede que esta vez les haya hecho un daño,

sin quererlo.

Algunas patas averiadas
algún órgano
 dañado.

Puede haber pasado

que en el afán de ayudar,
estafé

sin quererlo.

Apegada a ellas
quise controlar una vida que no se controla,

se abre ante uno
un jardín
y es un regalo.

Ahora observo a dos orugas brillantes
morir sobre la tierra oscura.
Llevan horas muriendo
y quizás la culpa es mía,

o no.

De un centenar de huevos
que la mariposa deposita, paciente
sobre las ramas de la flor de sangre,
sólo un dos por ciento sobrevive,
llega a adulta,
vuela.

Quizás la razón
 enrosque el alma con culpas
como con un laberinto
y las causas sean otras.

Quizás haya sido la planta nueva
 que trajo novedades,
plagas,
enfermedades.

Yo solo quise ayudar
pero no pude.

No siempre intervenir
no siempre.

Observar,
alejarse,
abstenerse de actuar.

Verlas morir, por horas.
Eternas horas
y no hacer nada.

No tomar ese palo y rematarlas.

No volver a decidir.

Dejar ser,
dejar ir,

sobre la tierra
y para la tierra,
realimentar.

Una vez más,
ver morir
y descansar.

La tierra fértil

Nacida de un volcán
expulsada a la vida abierta
cubierta en lava

me deslicé en la tierra para despegarla
pero la tierra quedó prendida
pegada, sellada

mi cuerpo quedó inmóvil
sin relación entre el adentro y el afuera
protegido y encerrado

amanecida en un volcán
adormecida en un encierro
apreté para adentro para salir
y renací con sangre y muerte, iluminada

emergí de la tierra con tierra fértil
por debajo y encima
por dentro, fértil
la más recóndita oscuridad
junto a la luz más brillante

sin lava ya
la lava lavada
secada al sol
al sol de mis días

nacida de un volcán 
la tierra quieta 
genera una extraña sensación

el reflejo del miedo 
construido por el sabio cuerpo protegido
desanda su camino

intenta lento
soltar amarras
ser uno con la tierra 
y no enterrada
sino sobre 
con 

entre el volcán

entre

la tierra amada
y yo

sin lava
la lava lavada
secada al sol

la tierra fértil
yo.


Forma de oruga

El origen de mi escritura
 fue la observación de las orugas

Nació del reflejo de mi transformación en ellas

Comenzó en ese espejo,
frente al mburucyá-passiflora

De gusano a mariposa,
de la tierra al aire

El salto al vacío,
la mutua ayuda

Lecciones de vida y muerte
me iniciaron en la escritura

De la mano de un pájaro,
o dos

En un pequeño patio
de una minúscula casa

De una profunda ruptura
que provocó una nueva mirada

Siempre una en el todo
todo en una,
de otra forma no es en mí la escritura
´
Y hoy, que es el futuro de aquella que fui,
hoy me muerdo la cola

Un ciclo se cierra,
y en el todo otra vez me encuentro

Las orugas de este tiempo
viven en las alturas

Han escalado montañas de cemento
alcanzando un urbano balcón
Así
se han mostrado a mis ojos

Lo que ellas traen en el hoy
tiene forma de oruga

Hasta ese punto han llegado

Todas las veces
a mis ojos
hasta ese punto han llegado

Todos estos años
flor de sangre en mis balcones
Todas mis casas
pero es hoy que ellas vienen

Son mariposas hermosas
como todas
anaranjadas y gráciles
livianas y hermosas

La nueva lección que ellas traen
asombra como la primera

Las mariposas que hoy visitan mis ventanas
son mariposas monarcas

Quién conoce su aspecto
comprende sus nombres

Mariposa monarca
es mariposa longeva

Miente quien dice que mariposa es flor de un día

La verdad que ellas traen
alcanza,  con frecuencia, nueve meses de existencia

Ésta vez en mi balcón de alturas
he criado mariposas viajeras
con largos destinos

Pequeñas y audaces
Americanas con norte

Dueñas de un poder frágil y férreo
un norte claro y preciso

Pequeñas y aladas
es hacia el norte que emigran
Doradas de un flúor anaranjado
que ostenta en sus alas
el peligro de su hermosura:

Pequeñas dosis de veneno ofician de límite
para que en el largo camino lleguen ilesas
a cumplir su destino

Mariposas monarcas poderosas

gracias doy por haberlas conocido

Enarmorarme esta vez más de su fuerza
que de su frágil belleza

Quisiera espejarme en ellas
y junto a ellas transformarme

Cambiar de piel una vez más
antes de desplegar las alas

Lo que ellas traen en el hoy
tiene forma de oruga

martes, 18 de julio de 2017

De oro

Soy una dama antigua que se pierde en el hoy
una anciana, en plena vida desdentada
una niña apenas, al final del arcoiris,
a punto de comenzar, otra vez.

Recojo monedas de oro
de las oscuras montañas,
reconozco que ese es mi valor.
No las monedas.

Me enaltezco en el lodo
y es a la luz que brillo.
Al final del túnel aparezco,
ensombrecida y cálida es que soy.

Yo,
la verdadera,
plena de luz y sombra
envuelta en llamas.

Tanto quiero ser querida
que por mi misma soy olvidada.

La vocación que el Dios me dio
-a él gracias-
oficia de antídoto sagrado,
contra el dolor del mundo en mí,

todo el dolor del mundo.

Mi voz porta la fuerza del inframundo,
y tintinea celeste en las campanas.
Una voz de mundos, caudalosa,
tanto es su caudal,
que a esa fuerza le temo.

Produzco hiatus en mis cuerdas
y amedrento mis pasiones,
un tiempo.

Hasta que ellas me despiertan,
abren mis negras alas,
y a las blancas cimas me devuelven.

Voy y vuelvo,
emblanquecida.

Me enorgullezco de mi papel porque
sé que soy un a través.

Envuelta en llamas.

De oro.