domingo, 25 de noviembre de 2018

Por cada flor siete capullos

Parece que me demoro.
Parece que hace meses días horas,
varias medidas del tiempo,
que me demoro.

Llegué tarde a la casa de mi cuerpo
y a la vez aún estoy a tiempo.

Otra vez me desperté 
hundida en el barro
haciendo pie
sobre el pantano.

Una vez más
parece
 parí un dolor
perdí una vida
 amanecí muerta.

A un día muerta,
al otro viva.

Pájara que soy, ceniza,
ennegrecida me levanto
y esta vez es en flor.

Por cada flor caída,
siete capullos.

Por cada muerte trazada,
siete puertas que se abren.

El brillo áureo otra vez,
nacido del barro de los días.
La más recóndita oscuridad
fecunda la luz de mi alma.

Esa luz 
no es otra cosa
que la Verdad.

La palabra Dios,
decían ayer,
que no se diga.

Clavé garras 
y surqué silencio,
para que se oiga con todo derecho,
viaje en los tiempos:

la palabra Dios no puede estar prohibida.

El lenguaje parcial y limitado
abre puentes
poderosos
y antiguos.

Dios merece ser nombrado.
La palabra nos hace falta,
nos ruega en la boca.

La palabra y la verdad
hilvanadas 
crean el mundo 
de nuevo,
bajo llamas.

Una y otra vez,

un big bang
de fuerzas
tan misteriosas
como la ausencia del Dios y su presencia.

A un día muerto,
al otro vivo.

Del bendecido misterio
estoy embebida,
lo tomo en copa rota,
a grandes sorbos,
con la boca roja 
de delicioso vino.

Llega la verdad
y le abro la puerta
a la luz del sol que me traspasa.

Siempre soy
el a través.

La pequeña en el todo.
El gran Dios
que nace
sólo porque antes ha muerto.

Desando el camino
ensangrentada y fuerte, emblanquecida.

Abro ventanas por dentro con un gran filo,
entonces salgo:

por cada flor

siete capullos.

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