martes, 15 de diciembre de 2015

Ávida

Fue de pie, sobre la plaza, cuando comprendí.
A los guerreros de antaño, a los de todos los tiempos,
a los valientes en lucha, a los guerreros,
a los de todos los tiempos.

Una fuerza más grande que yo, histórica,
 junto a las campanadas de la catedral dando las seis
me tomó simplemente en sus brazos.

Me acunó una bravía,
una fuerza histórica, de hombres.
De mujeres y hombres.

Dispuesta a todo,
 de pronto.

La boca ensalivada.
Lista. De pie,
sobre la plaza.

Una bravía instantánea.
Una gloria sin lanza.
Un coraje grande, universal
 me tomó por completo.

Entre la multitud enardecida.
Sobre la plaza. Ávida,
entre la ardiente multitud.

Tenemos la furia, pensé,
 y el corazón.
Abierto, atento.
Dispuesto.

Los años que pasan y yo sobre la plaza.
Ávida. Ardiente. De pie,
sobre la plaza.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Del verbo extrañar

La recuerdo fuerte en estos días. 
Como quien recuerda a un muerto pero no. 
Definir por el margen, por lo que queda por fuera.
 Su blanca camisa. 
Uso su blanca camisa, 
abotonada, como un tesoro.
Visito un cumpleaños y, como un tesoro la imagino allí.
Entre los jóvenes la más joven. 
Casi muerta y sin embargo la más joven. La más bella. 
Madre eterna, que en suerte me ha tocado. 
Partículas soy, fortuna.
Soy hija de la fuerza 
y el amor. Soy.
Y en amor sufro. 
La extraño y sufro. 
Y tengo fortunas. 
La extraño horror, horror de extrañar. 
Y luego, despierto,
como de un sueño doloroso, sonriendo
 despierto junto al camino, detenida,
 comprendo, me digo: 
Alma mía, solsticio,
¿cómo has de extrañarla? 
Si está en mí.

Del verbo extrañar. 
Madre.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Observaciones II

Suben, son varios y creo que son mis amigos por aquella anécdota del celular. Me pregunto en qué idioma hablan. Ajeno. Incomprensible. Luego comprendo. Una de ellas cuenta un robo como una actriz. Las oyentes alrededor también. Todas actrices, todas sordas. Se miran y así pueden oírse. Mirándose. Grandes gestos, enormes reacciones. Los ojos, las bocas, todos los dedos. Acaparan nuestra atención por completo. Los gestos son maravillosos. Grandilocuentes. Y se tocan. Todo el tiempo ellas se tocan. Se miran a los ojos. Se ven. Necesitan verse y tocarse para entenderse. Y bajan. Dejan en el silencio miradas cómplices entre los otros, que esta vez somos nosotros.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Observaciones I

Hay ciertos días. Ciertos momentos de las tardes en las que sale el sol entre las nubes de un cielo recién despejado en los que todo me resulta mágico y tengo que hacer una especie de esfuerzo en los transportes públicos por no llorar o sonreír demasiado. Unos simples dedos repiquetear de un señor que lee el diario y relojea apenas una mujer hermosa al pasar. Un niño en lucha imaginaria en medio de la acera del trajín adulto, librando y ganando valientes batallas. Y ellos. Justo entonces, entran ellos. Los sordomudos. Suben al colectivo desplegando su arte comunicativo como un regalo. Hay una, la más gorda y coqueta, de voz audible y fuerte, que pareciera hablar un idioma único. Con total seguridad. Esa es mi preferida. Es una actriz. Como yo. En el 151. Y el mburucuyá en flor junto a la vía. Y la niña que sube y el impulso frenado de besarla en la frente y subirla a mi falda. Amiga de todos. Hermana. Son momentos. Ciertos momentos. De oro.