lunes, 18 de agosto de 2014

Ayahuasca y Dios

I. 
La planta tuvo en mi un efecto esclarecedor. Unió mi alma y mi cuerpo. Por sobre todas las cosas: me mostró mi alma, me hizo verla. Lo primero que sentí fue mi propia alma, alma antigua, fuerte como una muralla. Todo mi cuerpo se volvió como de piedra, y sentí el gran espacio que ella ocupa. Una gran muralla de anchísima pared, extendiéndose más allá del espacio físico de mi cuerpo. La liana por dentro me dejó verlo -sentirlo, verlo o pensarlo en este caso era exactamente lo mismo-. Me volvió de piedra para recordar que eso fui, eso fuimos, y esa sabiduría traigo, traemos. Una roca anciana, una mezcla de piedra y esfinge de mujer anciana, india, sabia, savia, tierra. Luego sentí animal en mí. Un lagarto. Una especie de lagarto, firmes las patas delanteras, la cabeza algo baja, menos erguida que un humano o, al menos, menos erguida que una joven. Luego la liana se enredó toda por dentro, siguió trabajando adentro mío, como una diosa femenina reducida a mi cuerpo que me movía por dentro para ayudarme, para curarme por dentro. Llegó hasta mi centro. Entonces, hizo sentir mi fuego en mi centro femenino, y allí todo se volvió oscuro. Una gran araña negra y oscura. Algo de muerte. Tuve en ese momento muchísimo miedo. Sentí la oscuridad, el dolor, la oscuridad. Entonces vomité. Tuve miedo, fuerte, y lloré, con tantas lágrimas que bajaban por las mejillas como río, unas sobre otras, larguísimas lágrimas. Antes de que se secaran unas llegaban otras. Lágrimas mojadas sobre lágrimas secas. No hacía falta secarlas, sacarlas, pues corrían, fluían.
La música que llegaba a mis oídos ayudaba conduciendo la emoción, y la pena era más que pena, o menos; era otra cosa. La expresión del llanto no iba a su lugar conocido en la máscara del rostro. Sólo las lágrimas corrían. Calma la expresión, sin el dibujo aprendido del llanto. Era otra cosa. Lágrima sobre lágrima. Y cierto lamento se dejaba oír suave, sin esfuerzo. Con ternura. Canto o lamento. Suave.
Todos teníamos miedo. El miedo nos emparentaba. Sin embargo, yo me sentía más fuerte que nunca. Naturalicé los vómitos, los míos y los ajenos, los quejidos y los lamentos, los míos y los ajenos. Naturalicé los fluidos desagradables del vómito. No eran para mí en ese momento algo desagradable, sino natural, común a todos. También eso nos unía. Los lamentos y los vómitos. Todos estábamos allí dispuestos a enfrentar y atravesar nuestros miedos, nuestras miserias humanas estancadas en nuestro cuerpo humano. La planta estaba en nuestro interior para despojarnos momentáneamente del miedo y forma humana, y recordarnos nuestro origen común a todas las cosas del universo, nuestro origen antiguo y divino. Que somos como la planta, tierra, piedra, animal, pero revestidos de forma humana. Y allí radica nuestra confusión, humana, que esta maravillosa planta ayuda a despejar. Cuando esa confusión se corre, como velo, lo que aparece es un poderoso conocimiento, intuitivo y silencioso. Un saber interno y antiguo, que todos llevamos dentro, y entre tanto, olvidamos.
II
De pronto comprendí de manera plena y total esas tantas cosas que a veces escribo y pronuncio pero sin terminar de entenderlo por completo. A veces ocurre en mí que escribo algo que pienso y siento pero eso se confunde con la imagen de mi misma, con mi propia imagen sobre mi diciendo aquello. No sé explicarlo mejor. En cambio, esta vez, con ayuda de la planta, comprendí en mente, cuerpo y alma. La comprensión estaba unida en mí. La comprensión mental junto a la comprensión del alma y del corazón. Una nueva forma de entender.
Éstas fueron las enseñanzas de la Ayahuasca en mí:
1.    Que mi alma es antigua, poderosa, que excede mi cuerpo y que es un alma especialmente antigua. Por eso (es una forma de decir, no es una relación de causa y efecto, sino más bien algo que es y punto, como el huevo o la gallina) mi profesión, antigua, el teatro, mi vocación. La joven anciana. Esa sabiduría que es intuición, ese conocimiento mío, sin haber leído saber, habiendo leído, no es de allí lo que sé. Mi alma, comprendo, sabe.

2.    Que mi alma al recordar se abre a lo que sabe, que es antiguo, de siglos de existencia antes de llegar a mi cuerpo, que es uno más que habita. Que en tanto más la escuche, más la haré brillar, a ella y a mí, para luego seguir, aquí y allá, porque la vida es muerte y vida. Mi alma, entonces, al recordar su propio saber, no necesita ya depositar por fuera de ella el juicio del bien y del mal. Aquel juicio y saber no vendrá de afuera, no está afuera. Nadie puede juzgarme más que mi propia alma. Deberíamos dejar de esperar que los otros nos dicten los valores de la vida, lo que está bien o mal hacer, lo que es correcto o incorrecto, lo que debemos hacer para estar bien o no. Es mi alma la que sabe lo mejor para mí, nadie más. Ni un terapeuta, ni un compañero, ni un amigo, ni nadie más que yo misma, si logro escucharme. Mi alma sabe, y cuanto más la escuche más feliz seré, pues me será claro lo que ella necesita, lo que la hace brillar y lo que la separa de mi cuerpo o la agobia y oscurece. Buscaré hacerla brillar y yo con ella. Lo que está bien y lo que está mal es lo que es bueno o malo para mi alma, y como mi alma excede mi persona individual, como soy igual a todo lo que vive, si hago lo que a ella le hace bien, lo hago para todos, entonces eso es el bien. El mal entonces siempre es primero contra uno mismo, por consecuencia, para los demás. Cuanto más uno sintonice con su alma, menos mal hará a los demás, y se alejará del camino de la autodestrucción. El alma no sabe de autodestrucción. Ella es su negación. El alma solo sabe de vida, expansión y por consecuencia muerte, fin de ciclo.

3.    El humano está confundido, cree que, al aprender un idioma, al poder leer y estudiar, el conocimiento viene de lo que aprende afuera y de otros. Eso endiosa a algunos humanos y a otros los hace sentir ignorantes, por debajo y más débiles  que el endiosado, dependientes de aprender los saberes de aquel que sabe. Todo esto es falso y produce: relaciones de poder, abuso de poder, idealización, debilidad, vanidad y arrogancia.
Los saberes no están en los libros sino en los humanos que los escribieron que no hicieron más que dedicar tiempo humano a aquello sobre lo que hablan o escriben. Tiempo, foco, dedicación; nada más. Cualquiera que le dedique ese tiempo y dedicación lo aprenderá de forma directa. Nadie es más que otro, nada es imposible de aprender para nadie. Todos somos capaces de todo. Los saberes son internos. Hay que, solamente, saber escucharse. Esa es la sabiduría. También nosotros, como el gato, sabemos por nosotros mismos -por aquello que llamamos instinto, que humanamente llamamos instinto y yo llamo Dios- qué comer, qué beber, cuándo, dónde encontrarlo. Lo mismo en cuanto a dormir o reproducirse, por poner simples ejemplos de la vida humana.
Los humanos creemos que no lo sabemos, que todo debemos aprenderlo afuera. La liana recuerda que lo que sabemos está adentro y que la maravilla y ventaja del hombre es que puede, por y a través de la razón, ver a Dios y toda su fuerza. Doblemente verla y valorarla, pues también la razón nos ha sido dada, no para tratar de explicar el misterio en palabras y razones humanas, sino para valorarlo con el poder del razonamiento y de la conciencia humana. El gato no puede maravillarse de si mismo. El hombre si, y por lo tanto puede maravillarse de todo hombre, de los otros. Entonces AMA, y esa es su dicha. Por eso crea, se emociona y canta. Festeja la dicha con conciencia humana de existir. Aún en la desgracia.

4.    El arte es ese festejo. Es esa comunicación, como si dijera, diría: “Miren estas formas humanas tan peculiares, singulares, y a la vez tan iguales a usted que mira”. A todos nos suceden las mismas cosas. Maravillémonos juntos de existir. Desnaturalicemos un instante y permitámonos decir juntos: qué maravilla el hombre, qué compleja su desgracia, qué simple su dicha.

5.    Si escuchas a tu alma, entonces serás feliz. Yo escuché el llamado de mi alma para ser artista (entendiendo al artista como un artesano hacedor del arte según lo que describí en el punto anterior). No es casual el camino que ha dibujado hasta aquí mi río. Mi destino es de artista, actriz, poeta.
Puedo echar luz, hacer foco, ver. Mi alma antigua sabe, y en ese saber encuentra la forma. Por eso cuando hablo del arte hablo de lo genuino. Porque encuentro que eso es ser artista, si no, se es otra cosa. El verdadero arte es genuino o no es arte. El artista es el que necesita hacer actos para la comunidad que nos emparenten y nos lleguen al corazón, para el despertar del corazón, mente y alma (así mismo lo hace la planta para nuestro despertar.)

6.    La fama, el prestigio, el éxito, son confusiones humanas, desviaciones de la actividad artística que, a veces, se reduce meramente a eso. Entonces no hay arte, hay sólo humanos. El arte es mostrar que Dios existe (cuando digo Dios digo el Misterio, más allá de toda religión hablo de Dios), es compartir divinidad con los presentes en ese acto. Cada función de teatro es un ritual, y es por eso. Siempre lo dije, pero hoy lo comprendo en carne porque lo siento, siento a Dios entre los humanos, y a través del ritual, lo convocamos y con nuestra conciencia humana le agradecemos festejando, celebrando una ceremonia, un ritual. Y cuando digo festejo, y cuando digo celebración, no me refiero a algo necesariamente alegre; a veces la celebración incluye un sacrificio, un dolor, una pena, pero será de cualquier modo, alegre o triste, en provecho de esa conexión con el todo que finalmente nos dará felicidad, por sentirnos parte, simplemente, del todo. Eso es misteriosamente bello.

7.    Las organizaciones humanas como la familia, la pareja, el matrimonio, son manifestaciones humanas y no divinas. El amor es divino. Las ideas sobre el amor son humanas. No deberíamos esperar que el amor llegue, como si fuera algo externo. El amor ya está en nosotros. En el camino, hay amor aquí y allá. El amor es uno solo, y hay muchas expresiones distintas de él. Deberíamos poder amar libremente, sin especulaciones sobre el futuro -el amor es como la vida, en continuo presente.

8.    El presente. Al emparentarme la planta con todo lo que vive me devuelve la enseñanza más importante: sólo importa cada momento, tomar este té, comer esta fruta, darle vida a esta planta regándola, plantándola, alimentar a mi gato, mirar este cielo, observar la vida, sus manifestaciones, sin dejar de valorarla. Vivir cada instante, eso es vivir. No hay nada que esperar. La vida es en presente. No hay a donde llegar. No importan los planes, importa cada instante buscar la plenitud, la simple felicidad de la vida, que está en los seres, vivos, en suma, en compartir.
Yo soy dueña de mi presente, y responsable de él. Busco la felicidad.

9.    Si la experiencia que tuve con la planta fue tan buena (en relación a otros que compartieron la experiencia y la padecieron) pienso que es porque en mi vida cotidiana no estoy lejos de Dios (el instinto es algo sobre lo cual los citadinos tenemos que trabajar arduamente, si alguien me entiende también hablo del instinto), del sentido profundo de la vida, que es simple. La planta me ayudó a despejar la psiquis y valorar y valorarme, tanto como a los otros. Soy artista para los otros. Soy maestra para guiar a otros a despertar la conciencia humana y divina. Reconozco a Dios en cada ser vivo, aprendo del mburucuyá, amo y soy amada.

10. Se me hace evidente que la felicidad es con los otros. Cuando uno sólo hace para sí no puede haber inmensa dicha, puede haber una dicha corta, que dure poco, sobre el espejo, corta como la distancia que existe entre los ojos y la superficie del espejo, y allí se queda sin vida real viva.

11.  El dinero no importa, sólo sirve para y como intercambio, para usar en aquello que necesito para ser feliz, comer, trasladarme, obtener aquellos objetos y actividades que me ayuden a alcanzar la paz y la dicha (especial atención de nuestra parte, citadinos presos del consumo, que sin darnos cuenta caemos en esta trampa. Hay dicha en el que necesita poco, otra verdad, pero esta no viene de esta experiencia).

12.  Darle un espacio a lo sagrado, físico. Erigir altares, rendir pequeñas y hermosas ofrendas. Agradecer. Ofrendar.

13.  Si pienso en Dios el miedo se aleja, porque me siento parte del misterio de todo lo que existe, y puedo sentir que mi deber es simplemente existir, tanto como la planta, la piedra, el animal. Dios es el gran misterio de la naturaleza y el universo. Es magia de vida, en todas sus manifestaciones. Lo que los seres humanos interpreten ya no es Dios. Decir Dios ya no es Dios.

14.  Vomité negro y azul. Me quemó la garganta y, luego, se fue mi miedo. Pedí perdón y me perdoné, junto a Dios y no por Dios, porque no somos distintos. Y luego sentí una infinita paz.


15.  La dicha de la música.

16.  Un rostro joven me acompañó en la experiencia. No sé si era el rostro de la liana Diosa o mi propio rostro, más bien era el de todas las mujeres. También era el rostro de mi madre. Y entonces comprendía ( o sentía, era lo mismo) que mi madre no estaba antes que yo. Ella era un par. Una joven como yo. No anciana. También mi padre, él estaba después, su alma era más joven.

17.  Muchas de las actividades que hago en mi vida diaria están cerca de Dios, por eso creo estar cerca de la felicidad –aún con mis muchos dolores, hablo de la dicha que asume también en si misma la desdicha- si soy capaz de dejar mis confusiones humanas, mis especulaciones, mi voluntad de ser aprobada y querida afuera, mi deseo de prestigio y demostración de mi talento. Si existe tal cosa, mi talento me fue dado para compartir con los demás. Eso es todo. Y es mucho.

18.  La ceremonia comenzó invocando al Padre Creador y a la Virgen protectora que nos acerca al Padre. No entiendo bien qué quiere decir, pues mi madre era atea y no tuve educación religiosa. Pero me tranquilizó.

19.  Comprendernos parte de Dios nos hace iguales, entonces nadie es más que uno, ni menos, y nadie puede hacernos más daño que nosotros mismos. No hay nada que temer salvo a uno mismo, que se empecina en alejarse del alma.

Quisiera mantenerme cerca de Dios. 

20. También el miedo a la muerte se aleja. Bosque, hojas. Cuánta vida hay en ese suelo que se pudre. Muere para renacer, para generar más vida.
Agradezco mi camino, con cada una de sus muertes.
Todos mis miedos me ayudaron a llegar a este momento de gran aprendizaje. La tarea está en no distraerse, y ser, a cada instante.