Este punto es absolutamente vital para la representación del drama.
Simple y vital, importante. Lo diré simplemente:
Si el actor que interpreta el rol de Hamlet no alcanza a comprender la enorme profundidad de este famoso parlamento; si no logra hacer suya cada palabra y cada reflexión propia, y sólo comprende el peso del sinnúmero de representaciones que ha sufrido; entonces, será mejor que no lo represente. Es tan absurdo y dañino oír esas palabras vaciadas y opacamente transmitidas como oír a un Hamlet declamado aconsejando a los cómicos la justa medida de la interpretación. Si es así, entonces, será mejor que elijan otra obra. U otro actor. Será mejor incluso saltear el fragmento, omitir el soliloquio y que falte por silencio, que por ausencia se pierda. Pero no obliguen al público a desoír tan hondas palabras aún oyéndolas. No le quiten semejante oportunidad de resonancia y reflexión, de mágica transmisión. No le roben ese espejo.
Queridos actores, vanidosos intérpretes, sepan disculpar la soberbia que sólo el dolor otorga y oíd: si no sufren como él, en suma, si no han sufrido; si no han sentido, al menos una vez, el deseo de morir y la cobardía que los mantiene vivos o, conociéndola, no están dispuestos a mostrarlo frente a la audiencia, sin tapujos, puramente débiles, atormentados y finitos; pues entonces, sencillamente, no actúen; de Hamlet, de nadie. Dedíquense a los números, al dinero, a los lujos; búsquense cualquier capricho, pero no representen la obra del autor que indaga el alma humana y sus pecados secretos por excelencia sin conocer la desdicha. Sin ella tampoco a la dicha harán brillar. Si es así, entonces, mejor, váyanse a un convento.
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