La torcaza una vez más me recibe
esta vez moribunda
herida o enferma,
¿o es que es joven?
Su andar torcido
es el que hace que la vea
sobre la tierra negra
en el cantero
junto al níspero viejo
y sus hojas podadas.
Paloma torcaz es joven, pichona grande
pero pichona camina
camina y gira
da un paso y gira.
Da vueltas sobre si misma
pisoteando su propia cabeza,
algo nunca visto
camina y a si misma se pisa
un giro completo, y otro.
Se cansa
o eso, humana, interpreto.
Entonces descansa,
se echa calma sobre la tierra
y yo me echo sobre el asfalto, humana, observo.
Siento el impulso de salvarla
de tomarla entre mis manos y llevarla a mi morada
para amarla y curarla.
Echada sobre el asfalto me juzgo
y con mi voz humana me digo sensata
que no es mi tarea
que quizás ni siquiera está herida
que quizás sólo esté aprendiendo
a caminar, volar.
Recuerdo los giros sobre si misma
y entonces vuelven las dudas
y otra vez deseo llevármela, mía
en mis manos protegida hacerla mía,
en mi casa en cemento,
mi terraza jardin.
La voz humana de nuevo
me dice que no
que no es mi tarea me dice sensata
que si va a morir
morirá de todas formas
en terraza jardín o negro cantero.
Sigo observándola
y la paloma se ha dormido.
Pienso en la muerte
y veo que su pájaro cuerpo respira.
Las grises plumas se alzan
paloma y yo juntas,
en un alto en el camino,
tratando de entender,
juntas.
Pienso que quizás la torcaza se ha cansado
de andar en giros
de intentarlo
y que por fin se echó suavemente a dormir
sobre esa sabia frase que en ella no es razón
sino instinto que reza que si el problema no tiene solución
por qué preocuparse y si tiene lo mismo.
Empieza a atardecer
y me digo que ella está bien
que vivir o morir
es su destino descansar.
Ella está en su vida,
la que le toca,
que implica muerte
y final, como la mía.
Me despido sin saludar
como quien se aleja de algo ajeno que lo implica y lo excede.
Como una observadora omnisciente
solo miro sus ojos que se abren y se cierran,
y su plumaje pulsando,
llenándose y vaciándose.
Camino a paso lento y no vuelvo a girar.
Subo a mi morada
y al llegar el Hombre se lo cuento,
digo: Vi una paloma al llegar.
El hombre dice: ¿Una paloma muerta?
Y entonces lo sé.
Pero pregunto, con temor, ¿muerta?
No no, no sé, contesta el Hombre.
Pero entonces yo sé.
Al bajar a la calle muerta la encuentro
y lo confirmo, sobre la tierra.
Cumple su destino paloma,
y yo, humana, también, paloma.
La lección esta vez pienso
es comprender,
ver morir
y descansar.
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