viernes, 29 de marzo de 2013

Poema de mi abuela, poeta costurera


"Al mar que yo tanto nombro
           en muchos de mis poemas,
           le pido ahora mi ayuda
           para mitigar mis penas.

           Me gusta tu estampa azul
           siendo tu vista tan hermosa;
           ante tí me encojo toda
           y me siento chiquitita.

           No te enfurezcas conmigo
           yo que siempre voy a verte,
           pero no me lo pidas ahora
           con estas olas tan verdes.

           Casi me atrapas entre ellas
           a esta altura de mi vida,
           toda enredada entre peces
           con musgos y coralinas."


Rosario Arnaiz, 1969

sábado, 23 de marzo de 2013

El camino del río, o el miedo


Hubo un verano en mi vida en el que me encontró el amor en un pequeñísimo pueblo del norte argentino, y con él, la posibilidad de vivir entre cerros y colores, entre coplas y carnavales. Aunque la opción era rica en amor y silencio, la distancia de las capitales y sus teatros, la lejanía de mis actores y de mi mundo creativo no tardó en manifestarse y reclamar la vida en mi cuerpo. Una mañana de sol algo me levantó, de súbito, a la madrugada. Al abrir los ojos noté que un párpado se negaba a recibir la luz del día. Naturalmente esto llamó mi atención, entonces llevé una mano al rostro en busca de respuestas. El tacto me devolvió el misterio: mi ojo izquierdo se había deformado durante la noche, convirtiéndose en una verdadera pelota inflamada y monstruosa; mi párpado, una hendija, apenas, de piel tirante. En un grito desesperado reclamé atención y minutos después ya estaba en el hospital -ventajas de vivir en un pueblo de ocho manzanas-. Mientras esperaba ser atendida en el frío pasillo del hospital, una vecina me acercó una cabeza de ajo; el mal de ojo toma a veces un sentido literal, me informó según su conocimiento. Una inyección de medicina tradicional me despertó del mal sueño, a las pocas horas todo habría desaparecido. Cuesta arriba volví a mi refugio, sin deshacerme aún de mis dientes de ajo. Mirando mitades de cerros y paisajes desde la terraza de mi casa, algo por dentro no cesaba. Cubrí mi párpado con algodones y pañuelos, herencia coqueta implacable que sostuve inútilmente durante esas horas en las que mi globo ocular, lejos de recuperar su forma natural, estiraba mi piel cada vez más. La mujer vecina volvió a aparecer entonces, y con ella, la sabiduría. El consejo me llevó al otro lado del río, a la casa de Huguito, el brujo del pueblo. Entre waffles de cumbia sobre un patio de barro apareció un señor minúsculo, de ojos vidriosos, que me colocó con dulzura sobre un pedazo de cuero. Junto a mí, tiró las hojas de coca. Allí Huguito, el brujo, supo leer mi destino, mi condena y mi dicha. Allí, Huguito, leyó mi sentencia: “m´hijita, usted trae sustos de la ciudad, alberga un miedo que la sigue adónde vaya”. Siguiendo el cauce del río durante el camino de regreso, la inflamación dio paso a una revelación, y con ella, algo más profundo se fue de mi cuerpo. Con la vista ya clara, los dos ojos abiertos, comprendí mi camino junto con el del río. Poco tiempo después volví a la ciudad, a mis teatros, a mis obras, a mis sueños. Mi miedo permanece, nada lo apagará. Pero el eco de la voz de Yupanqui me arrulla al dormirme cada noche y ayuda a aplacarlo: la tierra señala a sus elegidos y nada resulta superior al destino del canto; el miedo permanecerá, porque no es sólo mío. 

Ay de mí, madre


ay de mi 

madre

el corazón abierto
marcado
rojo

corazón de niña,
de anciana, 
de niña

niña ella
niña yo

nutrir
cantar
besar

madre ella
madre yo

permanecer
saber
temer

anciana ella
anciana yo

niña, anciana, madre

mujer

espejo del dolor que se esconde

vaya lección me deja mi madre
en esta vida
misteriosa


lunes, 4 de marzo de 2013

La guerra contra los libros

Escribo y 
detrás de mí
Moreira el gato me interrumpe una vez más en los estantes.
Arroja los libros, araña los lomos,
las garras sobre las hojas.
Novelas en ruinas
papel picado
sobre el parquet
poemas muertos.
No nombraré a los autores.
Incompletos, sangrantes, débiles.
No puedo hacerlo.
Injusto sería
valerse de aquellos muertos
para crear un poema nuevo
un poema sano.
Que
en el silencio
me perdonen,
aún guardo sus restos.
Las garras sobre las hojas.
La crueldad es un mensaje.

La guerra contra los libros
reclama a la palabras
la libertad de mis manos
para, a su lomo
los mimos,
para, nuestro alimento
a esta casa.

Vil guerra,
siempre cruel.
El modo en que elige a sus víctimas
las más valientes
las más honradas.
No puedo nombrarlas.
Que en el silencio nos perdonen,
a mi,
 a Moreira.

jueves, 28 de febrero de 2013

Hamlet IV / Vanidad

No me confundan. Tengo un poder que no es del todo mío, y no es sólo vanidad. Aunque reconozco el pecado, soy más que eso. Y digo más; digo que no quisiera serlo, y lo soy.

He prestado siempre  al drama mi hermosura, para su provecho, para mi vanidad, pero sé que la clave de aquel extraño trueque no es mi belleza, es mi humana condición. Es la fuerza del reflejo sobre mi superficie lo que admiran, lo que vienen a admirar es su propia humanidad.

Hamlet III / Amleto

He visto en el Piccolo Teatro de Milán una versión de Hamlet llamada Amleto -sin comentarios, así son los que todo lo hacen suyo-, en la que cada actor representaba varios personajes alternativamente, habiendo así varios rostros para cada rol.
Y he pensado -desde la comodidad de la butaca he pensado, sobre aquel placentero trono, confundida entre la multitud de la audiencia y la plena oscuridad-: ¡mi Dios, qué despropósito! 
¡No es posible ver a Ofelia entre tantas! ¡Quiero detestar a Polonio con claridad, no pensar quién lo representa cada vez! ¡Necesito ser una con Hamlet! ¡Necesito para ello que Hamlet sea uno!
Ni pensar desde la incomodidad de la escena, la carne de aquellos actores en tal reto. ¿Cómo comprometerse con la inocencia de Ofelia para a los quince minutos vestir los sucios trajes de Gertrudis?
Aún así, y en cualquier caso, cada vez que veo Hamlet soy feliz, humanamente feliz.

Hamlet II / To be or not to be

Este punto es absolutamente vital para la representación del drama.
Simple y vital, importante. Lo diré simplemente:
Si el actor que interpreta el rol de Hamlet no alcanza a comprender la enorme profundidad de este famoso parlamento; si no logra hacer suya cada palabra y cada reflexión propia, y sólo comprende el peso del sinnúmero de representaciones que ha sufrido; entonces, será mejor que no lo represente. Es tan absurdo y dañino oír esas palabras vaciadas y opacamente transmitidas como oír a un Hamlet declamado aconsejando a los cómicos la justa medida de la interpretación. Si es así, entonces, será mejor que elijan otra obra. U otro actor. Será mejor incluso saltear el fragmento, omitir el soliloquio y que falte por silencio, que por ausencia se pierda. Pero no obliguen al público a desoír tan hondas palabras aún oyéndolas. No le quiten semejante oportunidad de resonancia y reflexión, de mágica transmisión. No le roben ese espejo.
Queridos actores, vanidosos intérpretes, sepan disculpar la soberbia que sólo el dolor otorga y oíd: si no sufren como él, en suma, si no han sufrido; si no han sentido, al menos una vez, el deseo de morir y la cobardía que los mantiene vivos o, conociéndola, no están dispuestos a mostrarlo frente a la audiencia, sin tapujos, puramente débiles, atormentados y finitos; pues entonces, sencillamente, no actúen; de Hamlet, de nadie. Dedíquense a los números, al dinero, a los lujos; búsquense cualquier capricho, pero no representen la obra del autor que indaga el alma humana y sus pecados secretos por excelencia sin conocer la desdicha. Sin ella tampoco a la dicha harán brillar. Si es así, entonces, mejor, váyanse a un convento.