Había una vez un jinete, y el mar, desde siempre.
El jinete pisó las rocas, junto a la orilla. Contempló el
mar, las olas blancas, la blanca espuma, los minúsculos musgos, vivos,
intensamente verdes. Sintió el tosco ruido de las olas rompiendo sobre las
rocas, desde siempre.
El caballo, tras él, veía sin mirar.
El agua, salada, mojó los pies del jinete, en un solo
vaivén, mas no se preocupó: sabía que el tiempo secaría sus zapatos.
Y allí, entre las olas, ocurrió un milagro simple, que son
los únicos milagros que existen: el hombre, de pies mojados y labios de sal,
entre los verdes musgos, sobre las toscas rocas, en aquel vaivén, escuchó el
suyo. Inclinó su cabeza para oírse mejor: un vaivén de olas, un golpe eterno, y
otro, y otro, otro; en constante movimiento, un ruido seco, profundo, rompiendo
sobre su pecho. Era si, su corazón de hombre, que latía, con el mar, desde
siempre.
El caballo, tras él, veía sin mirar.
