Había una vez un hombre,
pequeño pero grande,
de enormes pies, profundas raíces,
un hombre-árbol, un hombre-duende.
Un hombre especial, como todo árbol.
Este hombre, como hombre, era un especialista
un estudioso.
Su más valioso objeto de estudio
eran los patrones.
Nada le provocaba más placer
que trazar las líneas
en el cielo
sobre los hombres los mapas
decir: "esto es mercurio, esta es su consecuencia
aquel es jupíter, aquella es su causa".
Nada le provocaba más ira, sin embargo,
que la consecuencia sobre él.
Profesaba grandes alaridos cuando,
preso de su propio patrón, y aún
sin verlo,
sentía los nefastos síntomas de sus celestes trazos,
sus implacables caminos
sus profundas fuerzas,
su inevitable destino.
Los ojos, profundos y de variados colores,
tornábanse en esos
momentos monocromos y oscurecían sus tintes,
perdurando, a veces, largas
temporadas.
Los ojos quietos,
vedados,
únicamente marrones.
Ocurrió una noche, empero,
en las lejanas tierras,
sobre los campos áridos,
que la luz entró,
simplemente,
recuperando reinos.
Un rayo de sol
en la noche
entró por sus ventanas.
Las de su casa, sus ojos.
Las de su alma, sus ojos.
Todas sus ventanas.
Profundos los ojos -variados sus colores-
recibieron allí una luz cansada,
la del mundo
la antigua luz
de antigua estrella.
Los huecos cuencos, vueltos hacia adentro,
centellearon en todos sus matices.
Verdes y amarillos
dorados y marrones
mieles y pájaros
hierbas y ramas
todo ojos
todo rama
tierra fértil
en los ojos
de pronto.
Ciertos fenómenos no pueden explicarse.
Podrían trazarse hermosas líneas
en los enormes cielos
sobre las vastas tierras
de corazón a corazón,
e intentar luego leer los dibujos,
Aún así, veríamos ciegos.
El hombre-árbol, sin duda, lo intenta
-pues a veces olvida que es árbol
y sólo recuerda que es hombre-
y dibuja y dibuja
y no se cansa,
y es natural que así sea,
pues éste es su oficio
y no hay amor más grande que el de un hombre por su oficio,
no hay amor más eterno que aquel que nunca se olvida,
el amor del hombre y su oficio.
El hombre, especial
vacía sus cuencos,
moja sus pieles,
no le teme a las saladas lágrimas
pues conoce el sabor del mar
y su inmensidad,
la suya,
la del mar
-ya ha mojado sus pies, mojados sus labios, el caballo tras él ya ha
visto sin mirar-.
El hombre, especialista
el estudioso,
sabe mucho más de lo que cree,
pero olvida.
Toma su lápiz
y dibuja
y dibuja
y dibuja
y no se cansa.
El hombre, el estudioso
estudia,
y olvida.
Se cree libre
excepción de las reglas
se piensa al margen
exento del mundo que él mismo investiga
que él mismo ilumina
sobre los mapas
bajo los cielos
frente a los ojos las almas.
Profesa enormes alaridos
respira cansado
camina redondo
redonda tierra
él sabe.
Olvida.
La luz, sin embargo, no lo abandona
puesto que la luz, jamás abandona a los hombres,
y por cada tiniebla se abren, siempre,
siete haces de luz
iluminando,
en la penumbra las llaves.
El hombre y sus ojos,
siete haces abren sus ventanas
de adentro hacia afuera
la luz
vuelve a llenarlo todo
cubre sus retinas de dorados colores
vuelven las mieles a poblar su mirada
ay su mirada
ay, si, su mirada
poblada de líneas
y esteroides
espejo de los planos de sus cielos
reflejo de todo lo brillante
cuenco de todos los siglos
eterno espejo
profundos.
La calma habita entonces
al hombre y su tierra
olvida que es redonda
aparta los mapas
sonríe, brillante,
exclama, gritándose:
"ama y comparte,
abre y comparte,
con simpleza descifra
los dibujos propios y ajenos,
con simpleza comprende
que jamás
comprenderás,
y vuelve a tu oficio,
el de los mapas,
el del amor,
bello patrón
el tuyo
el de todos nosotros,
bellos."
Emprende el regreso,
con la miel en la mirada
y la eterna luz como carga;
el regreso a las ciudades.