Hubo un verano en mi vida en el que me encontró el amor en
un pequeñísimo pueblo del norte argentino, y con él, la posibilidad de vivir
entre cerros y colores, entre coplas y carnavales. Aunque la opción era rica en
amor y silencio, la distancia de las capitales y sus teatros, la lejanía de mis
actores y de mi mundo creativo no tardó en manifestarse y reclamar la vida en
mi cuerpo. Una mañana de sol algo me levantó, de súbito, a la madrugada. Al
abrir los ojos noté que un párpado se negaba a recibir la luz del día.
Naturalmente esto llamó mi atención, entonces llevé una mano al rostro en busca
de respuestas. El tacto me devolvió el misterio: mi ojo izquierdo se había
deformado durante la noche, convirtiéndose en una verdadera pelota inflamada y
monstruosa; mi párpado, una hendija, apenas, de piel tirante. En un grito
desesperado reclamé atención y minutos después ya estaba en el hospital
-ventajas de vivir en un pueblo de ocho manzanas-. Mientras esperaba ser
atendida en el frío pasillo del hospital, una vecina me acercó una cabeza de
ajo; el mal de ojo toma a veces un sentido literal, me informó según su
conocimiento. Una inyección de medicina tradicional me despertó del mal sueño,
a las pocas horas todo habría desaparecido. Cuesta arriba volví a mi refugio,
sin deshacerme aún de mis dientes de ajo. Mirando mitades de cerros y paisajes
desde la terraza de mi casa, algo por dentro no cesaba. Cubrí mi párpado con
algodones y pañuelos, herencia coqueta implacable que sostuve inútilmente
durante esas horas en las que mi globo ocular, lejos de recuperar su forma
natural, estiraba mi piel cada vez más. La mujer vecina volvió a aparecer
entonces, y con ella, la sabiduría. El consejo me llevó al otro lado del río, a
la casa de Huguito, el brujo del pueblo. Entre waffles de cumbia sobre un patio de barro apareció un
señor minúsculo, de ojos vidriosos, que me colocó con dulzura sobre un pedazo
de cuero. Junto a mí, tiró las hojas de coca. Allí Huguito, el brujo, supo leer
mi destino, mi condena y mi dicha. Allí, Huguito, leyó mi sentencia: “m´hijita,
usted trae sustos de la ciudad, alberga un miedo que la sigue adónde vaya”.
Siguiendo el cauce del río durante el camino de regreso, la inflamación dio
paso a una revelación, y con ella, algo más profundo se fue de mi cuerpo. Con
la vista ya clara, los dos ojos abiertos, comprendí mi camino junto con el del
río. Poco tiempo después volví a la ciudad, a mis teatros, a mis
obras, a mis sueños. Mi miedo permanece, nada lo apagará. Pero el eco de la voz
de Yupanqui me arrulla al dormirme cada noche y ayuda a aplacarlo: la tierra
señala a sus elegidos y nada resulta superior al destino del canto; el miedo
permanecerá, porque no es sólo mío.
“m´hijita, usted trae sustos de la ciudad, alberga un miedo que la sigue adónde vaya”, sabio el tal Hugito. Y como el río anduviste Sol.
ResponderEliminar(termino de escribir este escueto comentario y al querer publicarlo la máquina me dice "demuestre que no es un robot". It's too much!)