Un pueblo de ancianos
lisiados y ancianos
enfermos
casi muertos,
sí.
Yo, joven
entre las jóvenes, joven
entre ellos
sin miedo
ni asco
ni pena
ni miedos.
Yo,
entre ellos,
con.
Una anciana de profundas ojeras
responde al nombre de Amoroso
y de lejos,
me mira.
Yo, joven,
sonrío.
Realmente sonrío.
Más allá
otra anciana
pequeña y cana, mira
fijamente hacia adelante.
Detrás de un humo por decir, espeso
-quizás eso sea el tiempo-
entre nosotras
el tiempo,
ese humo espeso,
y nada más.
No habla, no camina, no sonríe,
no responde ya a ningún nombre.
Pero su nombre es Celia
y fijamente junto a la ventana
hacia la nada, mira.
Amoroso en cambio, ella me mira
soy su foco.
La mirada es de terror
y soy su foco
pero el miedo, pienso, no es hacia mi,
es un temor generalizado, un miedo abierto,
lanzado hacia ese espacio que pienso, le es ajeno
hacia ese estado propio y nuevo
que yo, joven, pienso, le es aún ajeno.
Amoroso es nueva
y alguien la peina
ella teme,
dice suave
suave pero audible ella dice
que sentada a la mesa
se ha hecho pis.
A su lado, Dora,
blanca Dora sobre ruedas
bien alimentada y blanca, rellena,
con vívida voz clama, sobre las ruedas,
con calma: ¡Paciencia!
Amoroso me mira,
fijamente me mira,
y repite.
Yo, la joven, sonrío.
Realmente sonrío.
Le digo con simpleza
con simpleza, que no es grave
que lleva seguramente entre sus ropas, pañales.
Y lo digo sin pena,
digo pañales como digo manzana
como digo mantel, lava, mañana.
Sin aprensión y sin asco
con voz vívida digo:
Usted tiene pañales.
Amoroso sonríe.
Realmente sonríe
cumpliendo honrosa el designio,
el de su nombre,
el de su fin,
se tranquiliza y sonríe.
Nélida, entre nosotras y aislada,
entre pequeños tubos,
gustosamente come
sin pausa,
sin pausa,
olvida y come,
mastica y come.
Nos da la espalda.
Entra entonces veloz, Marta, delgada,
con su paso rígido y su mirada hueca
de mirar sin ver,
Marta camina y camina.
Hay candados en sus puertas
pues su demencia camina.
Frontal. Temporal.
Esas palabras describen,
lo intentan.
Una importante chef, dicen,
que ahora camina y camina.
Amoroso,
Nélida,
Marta,
Celia,
Dora,
hay más
y yo
que ya, sin pena, soy testigo.
Vívida.