domingo, 3 de noviembre de 2013

El regreso a las ciudades

Había una vez un hombre,
pequeño pero grande,
de enormes pies, profundas raíces,
un hombre-árbol, un hombre-duende.
Un hombre especial, como todo árbol.

Este hombre, como hombre, era un especialista
un estudioso.
Su más valioso objeto de estudio
eran los patrones.
Nada le provocaba más placer
que trazar las líneas
en el cielo
sobre los hombres los mapas
decir: "esto es mercurio, esta es su consecuencia
aquel es jupíter, aquella es su causa".

Nada le provocaba más ira, sin embargo,
que la consecuencia sobre él.
Profesaba grandes alaridos cuando,
preso de su propio patrón, y aún sin verlo,
sentía los nefastos síntomas de sus celestes trazos,
sus implacables caminos
sus profundas fuerzas,
su inevitable destino.
Los ojos, profundos y de variados colores,
tornábanse en esos momentos monocromos y oscurecían sus tintes,
perdurando, a veces, largas temporadas.
Los ojos quietos,
vedados,
únicamente marrones.

Ocurrió una noche, empero,
en las lejanas tierras,
sobre los campos áridos,
que la luz entró,
simplemente,
recuperando reinos.
Un rayo de sol
en la noche
entró por sus ventanas.
Las de su casa, sus ojos.
Las de su alma, sus ojos.
Todas sus ventanas.

Profundos los ojos -variados sus colores-
recibieron allí una luz cansada,
la del mundo
la antigua luz
de antigua estrella.
Los huecos cuencos, vueltos hacia adentro,
centellearon en todos sus matices.
Verdes y amarillos
dorados y marrones
mieles y pájaros
hierbas y ramas
todo ojos
todo rama
tierra fértil
en los ojos
de pronto.

Ciertos fenómenos no pueden explicarse.
Podrían trazarse hermosas líneas
en los enormes cielos
sobre las vastas tierras
de corazón a corazón,
e intentar luego leer los dibujos,
Aún así, veríamos ciegos.

El hombre-árbol, sin duda, lo intenta
-pues a veces olvida que es árbol
y sólo recuerda que es hombre-
y dibuja y dibuja
y no se cansa,
y es natural que así sea,
pues éste es su oficio
y no hay amor más grande que el de un hombre por su oficio,
no hay amor más eterno que aquel que nunca se olvida,
el amor del hombre y su oficio.

El hombre, especial
vacía sus cuencos,
moja sus pieles,
no le teme a las saladas lágrimas
pues conoce el sabor del mar
y su inmensidad,
la suya,
la del mar
-ya ha mojado sus pies, mojados sus labios, el caballo tras él ya ha visto sin mirar-.

El hombre, especialista
el estudioso,
sabe mucho más de lo que cree,
pero olvida.
Toma su lápiz
y dibuja
y dibuja
y dibuja
y no se cansa.

El hombre, el estudioso
estudia,
y olvida.

Se cree libre
excepción de las reglas
se piensa al margen
exento del mundo que él mismo investiga
que él mismo ilumina
sobre los mapas
bajo los cielos
frente a los ojos las almas.

Profesa enormes alaridos
respira cansado
camina redondo
redonda tierra
él sabe.
Olvida.

La luz, sin embargo, no lo abandona
puesto que la luz, jamás abandona a los hombres,
y por cada tiniebla se abren, siempre,
siete haces de luz
iluminando,
en la penumbra las llaves.

El hombre y sus ojos,
siete haces abren sus ventanas
de adentro hacia afuera
 la luz
vuelve a llenarlo todo
cubre sus retinas de dorados colores
vuelven las mieles a poblar su mirada
ay su mirada
ay, si, su mirada
poblada de líneas
y esteroides
espejo de los planos de sus cielos
reflejo de todo lo brillante
cuenco de todos los siglos
eterno espejo
profundos.

La calma habita entonces
al hombre y su tierra
olvida que es redonda
aparta los mapas
sonríe, brillante,
exclama, gritándose:
"ama y comparte,
abre y comparte,
con simpleza descifra
los dibujos propios y ajenos,
con simpleza comprende
que jamás
comprenderás,
y vuelve a tu oficio,
el de los mapas,
el del amor,
bello patrón
el tuyo
el de todos nosotros,
bellos."

Emprende el regreso,
con la miel en la mirada
y la eterna luz como carga;

el regreso a las ciudades.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El arroyo

Mis obras hablan cada vez más del arroyo
Cada vez están más cerca del arroyo

La próxima vez será el arroyo
Ya sin obra
Sólo el arroyo

Y alguien será mi guía

Sobre el trabajo


nadie diga 
  trabajo
oro bendito mi oficio
aunque confunda
el regalo de mi oficio

nadie diga 
piedra maldita
 el trabajo 
nadie nombre
 su sinsentido 

es demasiado peligroso
vergonzoso
atreverse siquiera a pensarlo

(qué harían tantos si una noche lo pensaran,
se atrevieran a pensarlo 
y perderse
en el dulce sin sentido
sin horas 
sin máquinas
de la dura existencia)

nadie diga 
  trabajo 
regido por los jefes
soldado por las horas
por el metal de las máquinas

(qué harían tantos si una noche lo pensaran,
se atrevieran a pensarlo
y perderse
en el dulce sin sentido
sin horas 
sin máquinas
de la dura existencia)

nadie diga
  los nuevos oficios 
las blancas pantallas
las falsas luces
el engañoso premio del dinero

(qué harían tantos si una mañana lo supieran)

no gastemos el tiempo

el valioso tiempo

volvamos a nombrar
si

el arroyo

miércoles, 18 de septiembre de 2013

2015

Alguien dice
2015
y yo sólo pienso en la muerte.

En la vida, 
en la muerte.

¿Quien puede nombrarlo

 sin pensar en la muerte?

Sin lanzar una mirada
al menos, fugaz
un grito, mudo
al cielo que clame
"Dios, consérvame,
permíteme."

Alguien dice
2015
y yo sólo pienso en la vida.

En la vida,
en la muerte.

Dios, Vida hermosa,
consérvame,
permíteme.

Advertencia

Veo mi rostro infinitamente cansado,
es del día,
es de los siglos.

Mi rostro,
como el de Margarita,
se destruye.

En unos años me afligirá
haber perdido mi hermosura
al reflejarme en algún arroyo.

Cada noche,
vuelvo a pensar en ese arroyo.

Y es lo único que importa.

martes, 17 de septiembre de 2013

Secreto de oficio

"Cuando pienso en mi vocación, dejo de tenerle miedo a la vida"
 dice la pequeña gran actriz en las superficies del nuevo subsuelo.
Y algo mío se refleja sobre ella. 
Sobre su voz y la de Chéjov.

Parece haber, allí,
detrás de aquel pensamiento,
de aquellas palabras,
un gran secreto.

Sin embargo:
un secreto mío se refleja sobre el otro.
Viaja
Veloz
Hasta el presente.

Suena, 
en el eco del recuerdo, 
en el brillo opaco,
mi secreto.
Ese
que mi madre susurró cuando curiosa
e ignorando dulcemente
todo lo que hoy sé
pregunté
porqué ella
ganaba menos que mi padre.

Clama, 
en el eco del recuerdo, 
suave y firme,
la llave, mi secreto:
"porque
mamá, pequeño sol guarda silencio,
trabaja
de lo que ama"

Selló mi pensamiento.
Por siempre.
Veloz.
Hasta hoy.

Parecía haber, allí, ayer,
en aquel pensamiento,
en aquel oficio,
propio, amado,

una salvación.

Parecía haber.
Pero no la hay.

El único secreto -la sola salvación-
es el que guarda el propio corazón.
El mío, dice: descansa.
Ama, descansa.
Sigue el arroyo.

Hoy, 
aquel viejo secreto no me salva.
No me nutre. Me quita.
Soy cada vez más lo que soy. 
Y no es un oficio.
Soy una mujer, un humano,
un corazón que late,
que dice: descansa. 
Ama, descansa.
Sigue el arroyo.



sábado, 3 de agosto de 2013

El jinete y el mar

Había una vez un jinete, y el mar, desde siempre.
El jinete pisó las rocas, junto a la orilla. Contempló el mar, las olas blancas, la blanca espuma, los minúsculos musgos, vivos, intensamente verdes. Sintió el tosco ruido de las olas rompiendo sobre las rocas, desde siempre.
El caballo, tras él, veía sin mirar.
El agua, salada, mojó los pies del jinete, en un solo vaivén, mas no se preocupó: sabía que el tiempo secaría sus zapatos.
Y allí, entre las olas, ocurrió un milagro simple, que son los únicos milagros que existen: el hombre, de pies mojados y labios de sal, entre los verdes musgos, sobre las toscas rocas, en aquel vaivén, escuchó el suyo. Inclinó su cabeza para oírse mejor: un vaivén de olas, un golpe eterno, y otro, y otro, otro; en constante movimiento, un ruido seco, profundo, rompiendo sobre su pecho. Era si, su corazón de hombre, que latía, con el mar, desde siempre.

El caballo, tras él, veía sin mirar.